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Para dirigir, gobernar, legislar hacen falta “políticos”. No diré que buenos políticos porque soy del criterio de que no existen políticos buenos. Existen políticos hábiles, muy hábiles, o torpes y chapuceros. Pero la bondad no es una cualidad que puedan tener, simplemente porque en la política no hay espacio para un “político bueno”. ¿Y qué hacemos con el político que ama el populismo? Peligro, huele a peligro.

Para gobernar se necesitan políticos. Y partidos, ideas y debate. Propuestas buenas o malas, según se dé el caso, y que las personas inmersas en ellas tengan la suficiente lucidez como para saber discernir qué sirve y qué no. Consensos dentro de las hecatombes.

Neutralidad en medio de las bajas pasiones. Alguien tiene que ser capaz de sostener y asumir la responsabilidad que contrajeron en el instante que comenzaron a representar a un partido o gobierno. Y lo más importante: no perder la perspectiva de que están ahí como empleado público, jamás como rey con corona.

El populismo, los perros y las mismas pulgas

En Cuba nada de esto existe. Los cubanos, tan ajenos a vivir en democracia, temen actuar en democracia. Muchos que logran pasar el “telón de acero” pregonan vivir democráticamente, pero en su subconsciente añoran en secreto la llegada de un líder, un nuevo “mesías” que les diga qué hacer. Este, caballeros, es mi criterio de simple ciudadana con sentido común. Ni “leída ni escribida” en temas políticos, pero sé muy bien lo que necesita mi país.

El miedo, la envidia, la división, la paranoia, los paternalismos, el chuchuchu y el huémele la alpargata es la herencia que nos han legado.

Los políticos son funcionarios públicos al servicio de los contribuyentes, y como tal deben actuar. Tomarle cariño a un político, a un dirigente, es contraproducente si queremos ser objetivos y lograr lo que queremos. Debemos entusiasmarnos con los proyectos, con las ideas que nacen, pero a los políticos le dejamos el trabajo de hacer cumplir lo que proyectamos y velar por ello.

El populismo es una fiebre..y mata

Durante décadas, el pueblo solo ha visto catarsis revolucionaria, propaganda demagógica, y doblez moral entre las filas dirigentes y las castas más humildes. No se conoce otra cosa. No saben diferenciar la democracia participativa de una trichomona.

De la otra orilla no es muy diferente. Los opositores cubanos, en su mayoría,  arman fugaces estructuras puramente panfletarias para atar lazos y estrechar manos que en el futuro podrían ser muy útiles. Los antiguos caudillos, son reemplazados por nuevos caudillitos. Reinitas candidatas. Farándula se combina con política hoy en Cuba donde nunca pasa nada.

A ver si me explico, caballeros. El cambio está en nosotros mismos. Nadie lo hará si no somos capaces de exigirlo. Aprendan a que los políticos son eso: políticos. Son como niños que juegan con los hilos de una marioneta. Se les deja jugar pero no se les quita el ojo de encima porque si no, la cagan.

Libro Recomendado: El engaño populista, Gloria Álvarez y Axel Keiser