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Dayan no recordaba el mar. En la ciudad donde vivimos no existe, no está, no nace. Entonces lo hicimos. Fuimos a ver el mar. Y yo sé que todos los mares son iguales, con arena fina o gruesa, blanca o negra, y mucha agua salada. Pero ese no era el nuestro. Y Dayan lo supo. Lo supo y lo dijo. Él como siempre tan claro.

-Pero, mamita, esto no es un mar.

Y yo sabía por qué lo dijo. Pero eso era y se lo dije. Él se armó con toda su paciencia y volvió a explicarme:

-Mamita, entiéndeme, esto no es un mar.

Entonces se quedó en silencio, mirando, escrutando el horizonte, buscando no sé qué cosa en la inmensidad de ese brebaje turbio y frío que buscaba suplantar al nuestro.

Y al fin me lo dijo:

Bueno, mamita, este no es el mar, pero está grande. Anda, ayúdame a mirar.

Y lo ayudé a mirar

Y lo ayudé a mirar. Fue como presentar a dos niños que se miran de reojo. Él todo serio, receloso, se acercaba a la orilla y retrocedía de nuevo. Me lanzaba miradas escépticas. No quería cuento con esa agua oscura y congelada.

-Se llama Mar Pacífico, Dayan, y también es lindo- intenté convencerlo.

-¿En serio, mamita? Mamita, lindo, ¿en serio?

Y lo miraba como burlándose de la fealdad o la belleza rara que tenía delante. Y ahí estuvo un buen rato. Y lo vi jugando en la arena, recogiendo piedras, mirando cangrejos diminutos, mojándose los dedos de los pies… Y entró al mar con papito, y reía como nadie puede reír en esta vida. Y pasaron las horas. Y luego nos fuimos.

De vuelta en el carro, casi a punto de quedarse dormido me confesó algo.

-Mamá, qué divertido el Pacífico, cómo me gustó jugar con él, es bueno, mamita, y tranquilito. Se portó muy bien.

-Dayan, ¿de quién hablas, amor?

-Ay, mamita, del mar, el Pacífico. Ya somos amigos. No te preocupes.