Isla, ¿qué ha pasado contigo?

¿Quién cambió la primavera?

¿Quién te cerró la puerta?       

Dejándote sola cual navío

 

Isla, han cambiado tus vestidos

Han confundido la decencia

Han traficado tu inocencia

Se han cagado en la igualdad y en los míos.

                                                                  Isla, de Lien Y Rey

 

Hace unos días llegué de Cuba. Estuve allá cerca de un mes. La Habana fue el escenario por donde más me moví. Casi dos años de no verla, de no sentir el aliento de un malecón que enamora hasta al más escéptico. Sufrí el espectáculo. La capital más polémica del mundo se me antojó barahúnda dantesca. Dentro de unos años, pensé, va a parecer un círculo de basura donde alguna vez hubo una ciudad. Las casas de cartón pululan por sitios periféricos y se expanden por todo el país. Habana, mi hermosa Habana, ¿qué ha pasado contigo?

Vi algo que antes no había visto y que en el país donde ahora resido me causa siempre mucha tristeza: vi mendigos, a montones. Mendigos y niños deambulando sin rumbo fijo por el malecón y el casco histórico. Ancianos con la mirada perdida, llenos de desesperanza y las manos vacías. Gentes irritables, hombres alcoholizados…y también mujeres. Empresas estatales en estado lamentable, trabajadores indolentes que dicen que NO por el placer de decirlo.

Vi a La Habana como un viejo harapiento, acostado en un portal mientras un periódico Granma simula resguardarlo del frío.

En mi trayecto de Matanzas a la urbe pude ver tierras ociosas, plagadas de marabú, y pensé con envidia en la tierra ecuatoriana repleta de cultivos, de ganado, de barbechos creados por la mano de indios colorados y manabas. Y pensé con dolor que existió un tiempo en que la tierra cubana no desmereció en nada a la bella tierra andina. No hay que ser un especialista para saber que cuando desciende la producción agrícola y ganadera, se registran magnitudes importantes de tierras agrícolas ociosas, los volúmenes de importación de alimentos cada vez son más elevados, para cubrir el déficit de la producción nacional.

Mientras que la mayoría de los países asiáticos y latinoamericanos iban a la zaga de Cuba en los años sesenta, hoy han superado a Cuba en la diversificación de sus economías, el desarrollo de sectores competitivos de fabricación para la exportación y la disminución de su dependencia de un grupo limitado de productos de exportación. Y conocer estos datos y regresar a Cuba, duele. Obliga a replantearse muchas cosas, a no callar cuando el instinto de conservación lo exige.

Mientras desandaba la calle Montes, miraba incrédula los derrumbes multiplicados en solo dos años de ausencia. Un señor, al ver mi cara de desconcierto me dijo: “parece que tiraron bombas, ¿verdad?” Mi silencio le otorgó la razón. Y las bombas explotaban en mi cabeza. Nada de lo que prometieron se cumplió, el fracaso económico ha hecho de un país hermoso una tierra árida, fría y sucia, donde la gente se pelea por sobrevivir.

¿Cómo despertar de la modorra a un pueblo entero? ¿Cómo decirles que la humanidad dijo Basta y echó a andar, y que debemos hacer lo mismo si queremos un futuro?

No podemos quedarnos con las magistrales líneas de Gabriel García Márquez, donde un narrador omnisciente asevera que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra. No somos un Macondo, somos Cuba. Procedemos de la estirpe de Maceo, de Gómez y Martí, de José Antonio Echeverría, de Frank y de Camilo. Rindamos honores a estos hombres rescatando lo que entre todos hemos perdido. Despertemos de este letargo y, sin sacudirnos el polvo del camino, pongámonos a hacer. Estos son tiempos de hacer.

Yo me moría diciendo que el cubano tenía miedo, que es difícil revelarse ante un totalitarismo que constantemente reprime y anula. En Cuba hoy ya no existe el miedo, lo que perdimos fue la fe y con ella la vergüenza. De algún escombro de los predios habaneros habrá que rescatarla. 

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