Son muchos los amigos que me han preguntado desde el 25 qué siento con la muerte de Fidel. Como el estratega militar cuando estudia el campo de batalla, he analizado cada reacción de las personas –conocidas o no- ante este suceso esperado, pero no por ello menos sorprendente. Y mientras lo hacía, no podía evitar buscar dentro de mí algún resquicio de emoción, algo que me dijera qué sentía yo ante el deceso del ex presidente cubano. Ahora voy a exponerlo. Yo respeté cada post que pusieron con lo que desearon poner. Espero que respeten hoy lo que yo tengo que decir.

 

#Cuba Pensé en los sentimientos encontrados de tantos cubanos alrededor del mundo Clic para tuitear

 

Pensé en los sentimientos encontrados de tantos cubanos alrededor del mundo. Son miles los distintos puntos de vista que se tienen al respecto. Y yo, que soy muy “yo”, quiero ilustrarlos antes de decir qué siento.

Estoy completamente segura que hay personas que hoy lloran a Fidel, que sienten dolor ante la pérdida. Los conozco. Muchos son mis amigos y hasta familia. Las diferencias políticas no han podido resquebrajar verdaderas amistades ni lazos sanguíneos. Sé de viejos que piensan firmemente que todo lo que tienen (aunque sea bien poco) se lo deben a Fidel y a la revolución que una vez gestó.

Sé de jóvenes que viven con el pleno convencimiento de que lo que son, es gracias a Fidel. Conozco abuelas que en el sendero final de la demencia lo recuerdan con orgullo. Y no pude dejar de recordar el crimen de Barbados, y las lágrimas de una vieja amiga cuando hablaba del hijo muerto en ese avión. A mi vecino que hoy agoniza en un hospital y que luchó en la Sierra, y se enorgullecía de ser combatiente. Antiguos compañeros de trabajo que en realidad lo querían, y justificaban cada uno de los errores que cometió Fidel, como una enamorada justifica y perdona las faltas de su hombre. Sé que hay personas realmente afectadas por esta muerte. Personas que, a pesar de las diferencias políticas entre ellos y yo, son amigos, familiares, conocidos que son buenas personas, grandes personas. Y es que todo es relativo, señores, donde algunos ven luces, otros ven manchas. Eso, que es una verdad como un templo, hay que respetarlo.

Otros muchos simulan: lloran como las “plañideras” para ganarse el papel que les conviene o al que aspiran. Y el pueblo en general, dentro de Cuba, tiene miedo. Es normal, es propio de la psiquis del ser humano que vive bajo constante subjeción; lo común en los individuos cuando se paran al borde de un abismo o cuando salen de la llamada “zona de confort”.

Y a los que celebran, de alguna manera los comprendo. Muchos tuvieron que vivir momentos atroces debido a las malas decisiones del gobierno cubano, y dentro de este Fidel Castro. Recordé los fusilamientos en la Cabaña, a los presos políticos que entraron jóvenes a las cárceles y salieron ancianos, destruidos, derrotados (los que pudieron salir); a las familias replegadas a los Pueblos Cautivos en Pinar del Río, a los discursos estalinistas de los primeros años donde los homosexuales eran “enfermos”; a la cacería de brujas del Quinquenio Gris y con él las terribles UMAP, a las purgas dentro de las universidades, a los actos de repudios donde una multitud enceguecida por el odio azuzado, arrastraba, golpeaba y humillaba a personas que alguna vez fueron sus amigos, vecinos o conocidos. Los millares que han muerto en el mar o en las selvas del continente americano buscando lo que su gobierno jamás les ofreció.

Sé de amigos y familiares que se les murió una parte del alma por tanto sufrimiento que tuvieron que soportar. Tengo un gran amigo que no ha podido regresar a Cuba porque la SE amenazó con fusilar a toda su familia en los terribles 60. Sé de personas que murieron presos de un dolor descomunal porque la revolución de los humildes los hizo miserables. Todos estos amargos episodios de la vida cubana me vinieron a la mente cuando vi las celebraciones por la muerte del ex-mandatario.

Pero yo no puedo celebrar. Respeto a todos y a cada uno con sus formas de sentir y de pensar. No repudio ni a los que lo lloran ni a los que celebran eufóricos (muchos con motivos, otros simplemente por estar a la moda y aprovechar “la pachanga”). Cuando yo busqué dentro de mí, comprendí que no sentía nada: ni odio, ni rencor, ni alegría…nada. Un frío total, una indiferencia es lo único que yo: esta cubana que salió de Cuba a buscar lo que en mi Isla no hallaba, sintió ante esa muerte. Mi relación con Fidel es como esos noviazgos que luego de unos años no recuerdas ni la primera cita. Simplemente hace mucho tiempo dejé de pensar en él.

Sólo lloré cuando la voz de Willy Chirino dijo en mi oído: “apenas siendo un niño allá en Mantilla, mi padre me vistió de marinero, tuve que navegar 90 millas y comenzar mi vida de extranjero…en la maleta traigo un colibrí, un libro de Martí…”, porque pensé en mi hijo, en mi pequeño niño que salió de Cuba con La Edad de Oro bajo el brazo. Y la tristeza del emigrante me hizo tambalear.

Lo bueno que quizás le celebren muchos es que fue un desaforado cazador de utopías. Pero es que si lo miramos bien, desde hace mucho tiempo que Fidel yacía como un patriarca al que relegan al olvido en el más oscuro de los cuartos. Nunca estuvo más olvidado que en el instante de su muerte. Ese fue el error de toda la historia y la leyenda que construyó a su alrededor: morirse de viejo.

 

#Cuba Somos nosotros los cubanos los que debemos hacer para cambiar, construir para transformar Clic para tuitear

 

Y ahora voy a la pregunta que me hago desde ayer: ¿cambió algo en Cuba? ¿Amanecieron los mercados abarrotados? ¿Huyó la nomenclatura del Comité Central? ¿El país dio de la noche a la mañana un giro político sin precedentes? ¿Se convocaron a elecciones? No, nada de esto ha sucedido. La muerte de Fidel Castro no cambia nada. Somos nosotros los cubanos los que debemos hacer para cambiar, construir para transformar.

A mi muy particular criterio, cuando yo pueda regresar a mi país como verdadera ciudadana, cuando pueda abrazar a mis amigos y a mi familia otra vez, cuando pueda mostrarle a Presol los rincones olvidados y al final del día sentarnos en el Malecón para ver al sol ponerse, entonces podré celebrar por la esperanza y la alegría. Cuando en Cuba haya total libertad es cuando verdaderamente habrá algo que celebrar. Esto para algunos es solo una pírrica victoria, para otros tres puntos suspensivos, y para muchos (por qué no) la debacle. ¿Para mí? Solo otra muerte.

Creo que debemos poner fin al paroxismo, a la tristeza, a la dicha o la desdicha, y poner manos a la obra para cambiar lo que deba ser cambiado, y devolverle a nuestra patria el sosiego y los deseos de soñar.

 

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