Mis aciertos con Sabina

De mis aciertos con Sabina puedo contar. Cada vez que digo que Sabina es el mejor poeta de España, la gente me mira extrañada. No entienden cómo puede haber comparación entre este showman y los grandes bardos como Voltaire o Kavafis. Pero este es mi criterio, y me atrevo a sostenerlo.

Este caballero irreverente, en su sencillez, dice que Bob Dylan es el que más ha influido en varias generaciones. Pero yo discrepo parcialmente con él por esta vez. Para mí, El Sabicas ha influido en varias generaciones a la par de Dylan, cada cual en su espacio-tiempo.

En un artículo publicado en El confidencial, Patricia Godes llama a Sabina “producto fabricado”, “artista no natural al cual la mercadotecnia lo hizo”. Y yo respeto su criterio, pero me atrevo a disentir, y por mucho.

La primera vez que escuché a Joaquín Sabina fue como a los 9 años. Mi mamá tenía un disco de vinilo “El hombre del traje gris”, y a mí sus canciones me parecían cuentos, historias. Me quedaba horas escuchando junto al tocadiscos a ese hombre que yo imaginaba muy viejo porque tenía la voz rasgada.

Mis aciertos con Sabina, disco de música El Hombre del traje gris
El hombre del traje gris

Mis aciertos con Sabina…Y pasó el tiempo y pasó…un águila por el mar. 

A los quince años vuelvo a tropezarme con este señor. Y esta vez el mazazo fue de lleno. No entendí mucho, pero tuve la certeza de que hablaba de mí, aún no sé ni por qué. Su manera de moldear las palabras, de jugar con ellas, de domesticar a las más salvajes y bizarras, me dejó con un revoltijo de sensaciones en el estómago.

¿Enamorada de Sabina? Quizá, no sabría decirlo. Lo cierto es que gran parte de lo que luego fui (mi obsesión con los sinónimos y los antónimos, mi sed de analizar metáforas y deconstruir sintaxis, en fin, mi carrera profesional), se lo debo y por mucho, a ese hombre del bombín. Al perfecto caballero que años después conocería en La Habana, en la intimidad del hogar de un amigo. Sobra decir entonces, que Sabina cambió mi vida.

 

#Cuba La poesía persigue a Sabina, no es Sabina quien la nombra Clic para tuitear

 

La poesía en Sabina

He leído sus letras, me sé sus canciones de memoria. Dedicaba horas enteras a desmontarlas verso a verso para demostrar a todo el que quisiera escucharme, que la poesía persigue a Sabina, no es Sabina quien la nombra. Ella es quien lo sigue hasta en los momentos más penosos de su vida.

Temas como Los besos de Judas, Ocupen su localidad, Viva la doble vida, Lágrimas de plástico azul, Vámonos pa´l Sur, Princesa, Barby Super Star, Tiramisú de Limón (mi favorita), hicieron de mi mundo algo más llevadero en tiempos donde todo se vino abajo. Mis más viejos amigos sabineros me decían “la victrola sabiniana”, porque no había tema que no tarareara o recitara en las noches más largas en casa de Jose Miguel.

Mi tercer encuentro con él fue en un barrio de La Habana de cuyo nombre no quiero acordarme, porque como dice el Maestro en Peces de Ciudad “al lugar donde fuiste feliz no debieras tratar de volver”.

Ese día, mi amigo me recogió en la terminal de ómnibus y me dijo: “Vamos para mi casa. Sandra está cocinando. Te llevarás una sorpresa”. Yo deduje que la “sorpresa” era el plato que preparaba Sandra, su esposa. Por eso cuando crucé la puerta de la casa y me di de bruces con Joaquín, por poco me da un infarto. ÉL ERA LA SORPRESA. ¡Y menuda sorpresa!

Me llevó una hora recuperarme. Yo que no soy dada a los excesos, tuve que dominar a una “grupi” desconocida que pugnaba por salir de mí, y llamarme a la cordura. Hoy agradezco que así haya sido. Disfruté de Sabina en todo su esplendor.

Allí pude ¡al fin! demostrar el último postulado de mi tesis personal con respecto al artista: era un ser real, tangible, humano, y todo un caballero. No era un producto fabricado ni mucho menos un plasta. La fluidez de su conversación, los temas más variados, las risas más espontáneas, salieron de aquel hombre de camisa negra y corazón blanco.

Hablamos de lo humano y lo divino. Y, poco a poco, se fue diluyendo el mito y ya sólo quedó el hombre en toda su sencillez. La Canción más hermosa del Mundo fue cantada en esa sala, donde había amigos fieles y leales.

No quise decirle lo mucho que lo admiraba para no caer en tópicos, pero a medida que yo le hablaba de sus canciones, le decía estrofas enteras, y lo sometía a un riguroso e infantil interrogatorio de “cómo”, “cuándo” y “por qué”, él comprendió lo que yo callaba.

Y cuando no se pudo contener más me largó esta frase, que hizo que una total risa retumbara: “¡Joder, tía! ¡Que te sabes mis canciones mejor que yo!”. A lo que yo le respondí: “¿Sabe lo que pasa, Sabina? Que yo no tuve juguetes y mi mamá me castigaba con sus canciones”. Esta vez fue la risa de él la que le provocó “un ataque de tos” como reza su canción.

Esa noche la atesoro desde entonces. Y aunque muchos recuerdos me unen al poeta, no es eso lo que definió mi amor por su obra. Este ya estaba definido desde antes, desde mucho antes, cuando solo era una niña de nueve años y creía que él era un señor muy viejo con unas alas enormes.

 

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He sido vagabunda de las dos orillas. Irreverente redomada. A ratos pacífica, dulce, a ratos ácida, fría, escéptica. Los libros salvaron mi vida. Vivo con Martí en mi bolsillo. Es por él que quiero cambiar mi Patria, y eso no es locura ni utopía: se llama justicia. Yo quiero lo justo y lo noble: lo esencial es invisible a los ojos.

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