Hoy es uno de esos días donde la nostalgia te enreda, y si no te andas con pies de plomos, te tumba. Hoy es Noche Buena, ya llega la Navidad.

Yo confieso que nunca creí mucho en la magia navideña. Como dice mi buen amigo Javier Cabrera, en Cuba estaban vedadas este tipo de celebraciones. Y para cuando vine a conocerlas, como a los 12 años, ya era como que un poquito tarde para creer en un Papá Noel o en un Santa Claus amigable, o cualquiera de esos viejitos que –en medio de la noche-reparte regalos a través de la chimenea o de las ventanas. Pero cuando tuve a mi niño, todo cambió.

Por él comencé a tejer historias navideñas, a comprar regalos clandestinos, a adornar el arbolito, a escribir cartas interminables. Mi niño adora la Navidad. Cree que Santa, Papá Noel y San Lázaro son el mismo viejito que cumple deseos. Y lo mismo se para frente a un altar que ante un árbol de Navidad para pedir regalos y nieve para todos. Sueña con la nieve, dice que la ve en su mente. Es adorable y reconfortante ver que la ingenuidad de tu pequeño puede devolverte las ganas de creer y de hacer. A partir del momento que lo vi arrodillarse frente a Papá Noel y pedirle un deseo, yo también comencé a creer que algo bueno puede suceder.

Desde entonces, cada Navidad para mis amigos pido todo lo bueno del mundo. Porque, aunque no son muchos, son los necesarios para creer que estarán ahí para cualquier cosa que haga falta. Para mis hermanas, mis sobrinos, mi padre que está a miles de kilómetros de distancia, que siempre tengan salud, mucho amor y un poco de dinero (ni mucho ni poco, solo el justo), porque con esas tres cosas eres invencible. Para mi familia que vive conmigo deseo la paz y el amor de un verdadero hogar, ese que conocí cuando era pequeña. Quisiera que todos los niños del mundo pudieran celebrar la Navidad rodeados de cariño y seguridad paternal, que paren las guerras y los crímenes en esta era de tecnologización, donde se presume de desarrollo y “open mind”.  Deseo que la fe en el mejoramiento humano no cese, para que de ella nazcan grandes proyectos y una nueva vida.

Para mi Cuba, que sufre, también va mi pensamiento. Deseo que de esa tierra que nos vio nacer se vaya todo lo malo, y que entre todo lo bueno, como bien dice la inolvidable Emiliana. Que la paz y la prosperidad lleguen a nuestra Patria y, como un bálsamo, cure las heridas y los estragos del tiempo. Que los niños cubanos puedan soñar con un futuro luminoso. Que bajen los precios, la tasa de suicidios, la represión; y que suban los índices de la esperanza y la fe de vida.

Quiero creer que mañana puede ser diferente para mi tierra, que todos los que nos fuimos podamos volver a ver el Morro, la bahía matancera, el malecón de Cienfuegos, el boulevard de Santiago, las maravillas cubanas. Tengo una fe inquebrantable en que algún día no muy lejano, todos –sin excepción de ninguno- podamos convivir con nuestras diferencias y respetarnos. Que esta división y este odio que a veces nos lastra, desaparezca para siempre.

Yo solo quiero que los cubanos sean felices, como en los cuentos de hadas, o algo parecido. Y el que me diga que “los cuentos de hadas no existen”, sólo le diré que mi niño magnífico de cinco años cree que Papá Noel, Santa y San Lázaro son una misma persona. Y a ellos les pide nieve y regalos para todos. Eso para mí es suficiente prueba de que la fe derriba montañas. Quiero creer que nuestro día se acerca. Que no seremos más los judíos de América, que nadie más morirá en selvas funestas ni mares malditos, que todo lo que soñemos estará allí, en nuestro suelo, al alcance de todas las manos.

Feliz Navidad a todos los que comparten el deseo de un mundo mejor, lleno de paz y esperanza. Los quiero mucho.

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He sido vagabunda de las dos orillas. Irreverente redomada. A ratos pacífica, dulce, a ratos ácida, fría, escéptica. Los libros salvaron mi vida. Vivo con Martí en mi bolsillo. Es por él que quiero cambiar mi Patria, y eso no es locura ni utopía: se llama justicia. Yo quiero lo justo y lo noble: lo esencial es invisible a los ojos.

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