Martí y su presencia en Cuba es un fragmento del discurso pronunciado por Mons. Eduardo Martínez Dalmau en el Liceo de Cienfuegos, la noche del 28 de enero de 1945.

Hace unos cuantos días nada más, un viajero, que había recorrido nuestro país en viaje de buena vecindad, se embarcaba por el magnífico aeropuerto de Camagüey. Interrogado sobre algunas de las impresiones captadas  en su tránsito por nuestra República, replicaba que, a juzgar por el número de monumentos, de mayor o menor importancia que se le han erigido, y en el cual no le aventajaba ningún otro prócer, antiguo o moderno. Martí era en Cuba omnipresente.

Tiene razón el viajero norteño: Martí está materialmente presente, por lo menos en todos los pueblos de la República. Esto es fácil afirmarlo y comprobarlo. Y en ello no tan solo no hay nada criticable, que al contrario, que esta actitud de un pueblo con respecto a su guía y mentor más devoto y abnegado, merece todo nuestro aplauso. A una condición, sin embargo: que el culto no se restrinja a la erección del busto o de la estatua, sino que elevándose y espiritualizándose, nos sirva para ponernos frente por frente con él, y al ver la forma, en verdad extraordinaria en que el Apóstol se conformó en la práctica de la vida a las normas elevadas del deber ciudadano, nos estimule a reproducir en nosotros esos ejemplos, contribuyendo a levantar sobre bases firmes, de dignidad humana la fe republicana y democrática que profesamos.

Porque de lo contrario, si el acto devoto a Martí se circunscribe al monumento material, y se olvida o se relega al segundo plano su contenido didáctico, quizás si esa presencia reducida a la categoría de ornato público, a veces sumamente discutible, pusiera hasta convertirse en verdadero y propio sacrilegio patriótico. Si delante de la estatua del patriota ejemplar, del ciudadano impoluto se hacía befa y escarnio de su sacrificio y de su holocausto, maltratando ideales y principios por los cuales él luchara y muriera, si se ofende, con nuestro egoísmo y desenfrenada codicia. La República que contribuyó a fundar, por cuya estabilidad definitiva y verdadero porvenir económico poco o casi nada se ha hecho todavía, después de los cuarenta y dos años de su fundación, el gran mártir de Dos Ríos no vive entre nosotros, aunque se le hayan levantado millones de estatuas.

Señoras y señores:

No nos hemos reunido en los espléndidos salones  de este Liceo; cuyos antecedentes revolucionarios, apuntados por su vicepresidente, el Dr. Morejón, le hacen el escenario más apropiado para la conmemoración del natalicio del Apóstol con la finalidad de pasar un rato de rememoración patriótica. Nuestra postura tiene que tener significación más honda.

Los tiempos nuestros, no son de bonanza, porque a parte de la tragedia guerrera que nos sacude y conmueve, el mundo se aproxima a una de estas etapas fatales en que se deciden los rumbos futuros de la humanidad. Quizás si los ciudadanos de la República, en tiempos venideros, se congreguen aquí mismo, para conmemorar no ya el natalicio de un hombre, sino de un mundo nuevo; de un mundo donde sean practicados de verdad los postulados democráticos, en donde se pueda vivir, individualmente los hombres y colectivamente las naciones, dentro de un marco de verdadera fraternidad, sin distinciones impertinentes de grandes y de chicos, de ricos y de pobres, de blancos y de amarillos.

De parecida trascendencia para sus destinos futuros, es la hora que está viviendo nuestra República es la hora que está viviendo nuestra República. Elevado a la suprema Magistratura por el voto popular, en unas elecciones de ejemplaridad inigualable, el Jefe del Partido Auténtico tiene en sus manos el encaminar a la Nación por derroteros más conformes con los postulados martianos, elevando nuestro gobierno a la categoría de administrador honrado y constructivo, con lo que justificará las esperanzas puestas en su persona por cientos de miles de sus conciudadanos, o las hará caer en los más negros abismos de la desesperanza, si la defrauda o las marchita.

Para que no se frustren esos anhelos, importa hoy más que por el pasado, servirnos de esta hora de recogimiento patriótico, a fin de reconsiderar el ideario martiano, avalado por la ejemplaridad de su vida de apóstol y por su muerte de mártir, para que nos sirva de estímulo, si marchamos por la senda de la rectitud y del bien, o de reproche, si nos hemos desviado de ese camino, comprometiendo para siempre nuestro buen nombre y el prestigio, que debiera ser para todo buen ciudadano intangible, de nuestra patria bien amada.

José Martí, señoras y señores, el apóstol de nuestra independencia, nació en la Habana el 28 de enero de 1853 y murió gloriosamente en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895. Quiere esto decir que su vida y su obra se desenvolvieron en un corto lapso de tiempo. Mas con tanta intensidad trabajó el obrero y tan eficazmente que al desaparecer de esta tierra, transcurridos apenas cuarentidos años, dejaba tras de sí, cual meteoro refulgente que surca veloz los espacios siderales, la estela luminosa de su fama indiscutible como escritor brillante y fecundísimo, inspirado aeda, erudito consumado, crítico ponderado y justiciero, filósofo, sociólogo, político y orador de conceptos altísimos, verbo flamígero, apasionado, vibrante y arrebatador.

Aunque no hubiera muerto en Dos Ríos, que es su timbre definitivo de gloria y aunque no hubiera sido el libertador de su patria, que es su mérito supremo, por su inteligencia y su obra, se le reconocería el rango de la nobleza literaria, colocándosele al lado de los Saco y de los Varela, de los Luz y Pozos Dulces, de los Arango y Milanés, de los Heredia y las Avellaneda, de los Varona y Sanguily. Aunque no hubiera sido el mártir excelso de la patria, hubiera pasado a la posteridad, sin sombra posible de duda, como escritor de fuste y reciedumbre, y el pedestal de su gloria se asentaría firmemente sobre la colección de sus escritos, en prosa y en verso, en los cuales ejercitó su ingenio de águila, manifestó en múltiples circunstancias adivinaciones de profeta voleó verdadero caudal de ideas, enjuiciando la gama de los acontecimientos y los personajes más conspicuos de su época, con tal copia de conocimientos, con tal solidez de crítica, con tal originalidad de estilo y tal hondura de penetración, que es fuerza saludarle, después de haberle leído, como una de las grandes luminarias del pensamiento continental americano.

José Martí, pertenece al escaso número de elegidos con quienes no reza el adagio filosófico: natura non facitsaltus.  La naturaleza no procede por saltos. Dicho en otras palabras: Martí no conquista sus laureles paso a paso. Cuando los demás hombres a duras penas comienzan a pensar, cuando la mayoría aún no sabe hablar y escribir correctamente, ya nuestro héroe nacional, pensaba, se expresaba y escribía con la ponderación y la reflexión del hombre maduro. A los once años, asombraba a su maestro, el dulce y exquisito poeta, inventor de juventudes y patriota depurado, el Lic. Rafael Ma. Mendive, con traducciones magníficas de Lord Byron: a los quince publicaba su primer poema: Abdalla; fundaba y dirigía un periódico, Patria Libre, que si entonces se suspendió, publicado el primer número, lo reeditó más tarde, fundado ya el Partido Revolucionario, lo llenó él casi íntegramente, y por cuyo motivo, según ha dicho Gerardo Castellanos, su colección completa contiene la más amplia y minuciosa palpitación del maestro, A los diez y seis, asombra y conmueve a Madrid con la descripción de los horrores e infamias del Presidio Político, y aquel cuadro sombrío, más que la obra de un adolescente imberbe, por la elevación de su pensamiento, la entonación vigorosa del estilo, parece la de una maestro consumado.

Estas manifestaciones sorprendentes no eran más que la alborada de un día esplendoroso. En las aulas universitarias madrileñas y cesaraugustanas, Martí luchando con la escasez, la pobreza y la enfermedad, remediada algún tanto por el amigo íntimo Fermín Valdés Domínguez, y tropezando con uno que otro escollo de galanteos amorosos y su irresistible afición al teatro, que frecuentaba a expensas de la comida y el vestido __ asimilaba conocimientos de jurisprudencia, de filosofía y se ponía en contacto con los clásicos de la antigüedad, latinos, griegos, hebraicos que leyó y meditó en sus idiomas originales.

Las oraciones de Cicerón, se encontraron en la mochila que llevaba a cuestas, nótenlo quienes crean que el genio es completo, sin la aplicación constante, cuando emprendía la ascensión de su calvario desde el desembarcadero de Playitas hasta la confluencia de Dos Ríos. De esa misma forja universitaria, salieron los conocimientos filosóficos que le permitieron expresar certeros juicios sobre las filosofías de Hegel, de Sheling y de kraus; repudiar con bríos spiritualistas  el deprimente concepto positivista de Darwin y Spencer.

En Zaragoza, igualmente, trabó amistad con el pintor Pablo González, en cuyo estudia pasaba horas enteras conversando de arte. “La frecuente concurrencia al taller del pintor, dice FélixLizaso, habría de proporcionar a Martí lo que solo puede adquirirse de ese modo cuando no se realizan estudios metódicos: un conocimiento íntimo de los manejos de la pintura. Es natural suponer, que en aquellas tardes del estudio de Gonzalvo, Martí no solo alcanza a aclarar sus ideas sobre ese arte, sino que adquiere también viéndolo pintar, ese dominio de que luego hará gala en sus escritos, que no es posible lograr por la sola contemplación.”

Abroquelado con tales armas, fecundado su talento con tan extraordinario bagaje de conocimientos y respaldado con el título, ganado con nota de  “sobresaliente” de Doctor en Leyes y en Filosofía y Letras, sale de España, después de cuatro años de estadía, para dirigirse a las Repúblicas hermanas de Méjico, primero, y de Guatemala, después, donde se le rendirán honores extraordinarios por hombres del calibre artístico de Juan de Dios Peza, Gutiérrez de Nájera, Justo Sierra Altamirano  y Peón Contreras. “Una linda voz cálida y emotiva, parecía salir del corazón sin pasar por los labios. Las palabras eran finas, nuevas, musicales, armónicamente dispuestas como gemas combinadas en el broche deslumbrante de un joyel. El discurso analizaba la estatua; ponderaba la ejecución, comentaba la actitud;  ensalzaba la generosidad del héroe y la interpretación del artista. Yo no oía: escuchaba, sentía, en un recogimiento  pleno de elevación. ¿Quién derramaba así caudal tan espontáneo de elocuencia, vena tan rica de pasión y de fantasía? ¿Quién estaba improvisando arenga tan fastuosa de sonoridades de clarín y de vuelos de bandera desplegada? Mi admiración corría parejas con mi sorpresa.

Aquel orador me era desconocido, su acento, ligeramente costeño, resultaba para mí un enigma. Cuando terminó, un aplauso unánime y un grito de entusiasmo desahogaron las emociones, se abrió el grupo y dio paso a un hombre pálido, nervioso, de cabello oscuro y lacio, de bigote espeso bajo la nariz apolínea, de frente muy ancha, ancha como un horizonte; de pequeños y hundidos ojos, muy fulgurantes: del fulgor sideral. Sonreía ¡qué infantil y luminosa sonrisa!  Me pareció que un halo eléctrico lo rodeaba. Venía hablando todavía, Como si el sonoro río del discurso se hubiese convertido en murmurador arroyuelo de palique. Mis amigos me vieron y corrieron a mí, agitando los brazos: ¡ven! ¡ven!  exclamaron: es José Martí”.

 

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