Hoy cientos de miles de niños lloran en Alepo. Otros, ni siquiera lloran porque las bombas de las partes en conflicto, los han silenciado para siempre. Los niños de Alepo no tienen juguetes, ni ropas, ni padres. El odio visceral, las diferencias religiosas y políticas les han arrebatado la posibilidad de crecer felices como tantos otros alrededor del mundo.

Hoy, mientras veía los vídeos de lo que sucede en la segunda ciudad de Siria, mis lágrimas no cesaban de correr. Miles de personas intentan dejar atrás el horror. La batalla de Alepo pasará a la historia como un símbolo de la atrocidad de la guerra civil en Siria. Y yo me pregunto: ¿qué entiende un niño de guerras, de odios, de cruzadas religiosas, de divergencias políticas? Nada. No entienden nada. Solo piden amor y que se les proteja.

Hoy, mientras leía las noticias sobre Alepo, abracé fuerte a mi niño, porque no podía abrazar a esos que lloran porque se han quedado sin juguetes, sin amaneceres, sin padres. Es injusto ver cómo seres llenos de odio, de ambiciones, sobrepasan límites para ganar guerras en nombre de no se sabe qué. Es doloroso sentir impotencia por toda esa ola de crímenes que se desatan a diario en nuestro planeta.

“Los niños son los que saben querer”, dijo el Ápostol José Martí. “Los niños son la esperanza del mundo”, recalcó más adelante. Según el Evangelio de San Mateo, Jesús dijo: “Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”. Estas palabras tan sabias, tan conmovedoras, se violan cada día en Siria, en Irak, en Afganistán, en cada guerra pasada y presente.

Se les quita el derecho inalienable a vivir a cada niño que cae muerto por explosiones, disparos, secuestros. Se les roba la niñez a todos esos niños que sobreviven estas tragedias, se les quita el derecho a ser niños y a crecer sin sobresaltos. Ellos no piden venir al mundo, nosotros los traemos. El médico, el político, el terrorista que tiene hijos, el asesino, el soldado, el obrero, el millonario y también el pobre; el ateo y el beato. Somos nosotros los adultos los que les damos la vida, tal como hicieron con nosotros nuestros padres. ¿Por qué entonces muchos se toman la errónea atribución de destruirles sus casas, sus juguetes, su infancia, sus vidas? ¿En nombre de qué? ¿Y por qué?

Después de tanto dolor como el que han dejado las guerras, los hombres continúan llevándolas a cabo. No es más sabia la humanidad con el paso del tiempo, es más bárbara. A pesar de la tecnología, de los adelantos científicos, de haber encontrado una posible cura para el SIDA, los hombres siguen llevando la miseria al futuro de este planeta. Porque esos niños de Alepo, de Montreal, de México, de Cuba, del confín más apartado de este jodido mundo, son el futuro. ¿A qué los enseñan entonces? ¿A matar? ¿A odiar al que piensa diferente, vive diferente, o simplemente, tiene una cultura diferente y proviene de una etnia distinta?

Si todos pararan de odiarse por un segundo, y redirigieran esa energía que poseen para despedazarse hacia una causa noble, buena, limpia, las cosas andarían bien por esta tierra.

Cada vez que escucho que en esa zona de conflictos del Oriente Medio, se libran guerras en nombre de un dios, se me encoge el corazón, y se me hiela la sangre. En nombre de un dios desconocido para mí, cometen los actos más demoníacos que existen.

El dios que conozco no odia, no mutila, no mata, no cercena la libertad y el derecho al libre albedrío, no deja niños muertos por las calles, no les roba los amaneceres ni el sol. El dios verdadero vive en nosotros, en la naturaleza, en los bosques, en las flores. Ese por el que se libran guerras y se despedazan cuerpos, ese Dios no existe, es solo una patraña de hombres sin  escrúpulos para enriquecerse, empoderarse, catapultarse, fanatizarse, complacer una especie desconocida de morbo.

Hoy mi pensamiento vuela a cada niño de Alepo, a cada ser indefenso que anda perdido por este mundo. A ellos les quiero hacer llegar mi llanto y las risas de mi niño, les quiero regalar el sol, les quiero construir un mundo nuevo. Hoy soy la madre que llora con su niño muerto en brazos, la que cruza selvas desconocidas con su pequeño de la mano, y la que lo protege de las balas en la línea de fuego. Hoy soy todas esas madres.

Quiero un mundo mejor para nuestros niños, y es urgente lograrlo. Quiero que todas las voces y todos los esfuerzos se unan para hacer de esta utopía una realidad palpable. Los niños de Alepo merecen sus juguetes, sus amaneceres, su infancia. En ellos, como en todos esos locos bajitos que se menean con nuestros gestos, está la verdad.

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