Hace unas semanas, mi amiga Danay sacó unas fotos de la famosa fiesta de disfraces en la casa de Katia, la hija de Humbertico Tirse. Primero diré a quiénes me refiero, luego el por qué me he atrevido a tomar una foto ajena para sacarla con este post.

Yo crecí en un pueblito de Matanzas, llamado Ceiba Mocha, en un reparto donde los vecinos se conocen de toda la vida. Mi infancia fue un repique de campanas, un trillar de atajos para llegar a la escuela; una “discoteka” oscura y anacrónica donde hice mis primeras incursiones en el baile, las cuales fracasaron como es sabido, un cine desmantelado por el tiempo y el olvido, y la casa de Katia Tirse…

Alguien que no conozca la casa, que no sepa quiénes la habitan o la habitaron años atrás, no podrá saber a ciencia cierta por qué una casa vecina, ajena y simple es tan importante aun en mi adultez.

Les explico brevemente: es como todas las casas, con las habitaciones de rigor, la familia de rigor, los muebles…de rigor. Pero detrás de todas esas bambalinas, está la CASA, la verdadera…la que se adueña de mis recuerdos cada vez que la invoco.

En esa CASA –la verdadera- nació Katia Tirse, rodeada de sus bisabuelos, de sus abuelos, de su tía y de sus padres. A Katia Tirse no la dejaban salir a jugar al parque que estaba en nuestro Reparto, por no sé qué gérmenes y demonios malignos. Pero como dice el dicho: Si Mahoma no puede ir a la montaña, la montaña irá a Mahoma. Y la montaña éramos nosotras: Giselle, Annarelys, Yamilé, Imilsis, Dayli, Yeney, Yanara y yo…la peor de todas.

A esa montaña se sumó Ledif Linares y Yandi, bautizado como Punde, y ni pregunten por qué porque no lo recuerdo. Todos llenábamos la casa de gritos, de juegos, de noches enteras jugando al Heretic, al Ninja, al Laberinto del Saber, a Carmen Sandiego, en una computadora Celeron que le usurpamos a Humbertico Tirse, progenitor de la Katia.

Fuimos los cazafantasmas, el coro de las niñas descabezadas, las tandas de “cuquitas”, el equipo de filmación de una película, la oficina de teléfonos (teníamos siete calculadoras muertas que funcionaban como teléfonos), los domingos de río en Paso del Medio. Allí Humberto (el viejo) Tirse, nos inició en la natación y el clavado. Muchos “barrigazos que nos dimos y mucha agua tragada antes de salir victoriosos en esta “noble tarea” de dar chapalazos en el agua dulce que baja del Mogote.

Humbertico Tirse nos enseñó programación Basic y a bailar merengue, la Bisabuela Lela nos descubrió el secreto de tejer. La Abuela Mimi nos permitía jugar con la vajilla y las copas de la vitrina antes de que llegara Flori, la despampanante tía de ojos leonados. El bisabuelo Lelo nos contaba de su amistad con Mongo Castro, de los gloriosos y terribles revolucionarios 60.

Veíamos películas del sábado comiendo el maní de Moni y los durofríos de Titi Cultura. Crecimos entre risas y secretos infantiles, en esa casa tan normal donde habitaba la CASA, la verdadera, la que contempló las maldades de Humbe, las risas de Ledif y Punde, el llanto de Giselle en una tarde de agosto porque cierto abuelo colérico le iba a torcer el “pescuezo” si no se comía toda la comida, el terror de Olgue (Yamilé) ante los sustos de muerte que le dábamos con cuanta semilla rara se introducía en la boca, el arroz con mojo que comía Katia, único manjar que aquella niña se llevaba a la boca pero que no le impidió convertirse luego en una de las muchachas más bellas del pueblo, la tesis de Rogel (que ya anda por el cielo haciendo su papel de estrella), las MEMORABLES FIESTAS DE DISFRACES cada 31 de octubre, que se hicieron tradición en el terruño; los primeros novios, las primeras lágrimas, los últimos abrazos.

Cuando alguien de los que aquí menciono, mire su pasado, no podrá evitar sonreír con anhelo, porque allí fuimos felices.

Es por eso que al ver esta foto, con toda esa gente linda, gente del pueblo, esos que puedes dejar de ver mil años, y cuando los vuelves a ver te abrazan, te tiran un brazo por arriba y te invitan a tomar café, no puedes evitar que la nostalgia te tome por sorpresa, te derribe de un golpe, y te transporte de un zarpazo al patio de la casa de los Tirse, donde fuimos felices…endiabladamente felices. Esas fotos me hicieron recordar que los amigos que nacen con tu infancia por mucho mar y continentes que haya de por medio, siempre permanecerán en ese fuerte inexpugnable, que jamás se irán de ti, ni tú de ellos.

Esa familia de alguna manera nos adoptó, nos hizo suyos. Antes de marcharme de Cuba volví a la CASA. Al subir las escaleras el mundo se me hizo pequeño: la encontré avejentada, vacía. Una Mimi mustia pero cálida me recibió en un abrazo…otra vez fui la niña de aquel tiempo…otra vez la CASA se llenó de gritos y risas; allí estaba la vitrina con vestigios de la grandeza que tuvo alguna vez, allí el balcón que fue testigo mudo de enamorados furtivos, de escondite perfecto. No quería llorar porque siempre me digo que las mujeres no lloran, pero dolía ese tiempo, esa infancia, esa ausencia de todos…y lloré, y Mimi se unió a mi llanto, no sé si por contagio o porque comprendió la tristeza mansa que llenaba mis ojos. Al bajar las escaleras miré debajo de la mata de cocos…allí estábamos todos comiendo mandarinas otra vez. Comprendí que allí estaríamos atrapados siempre, que ese idílico pasado nos acompañaría por los años de los años, y sonreí…agradecí una vez más a los Tirse haberme regalado una infancia tan singular, tan nuestra…En silencio me despedí de Lelo, de Lela, de Humberto (el viejo) Tirse, que desde el rincón más fresco del patio me decían adiós.

Mientras miraba esas fotos supe que no me fui del todo, que sólo vivo más lejos…y aunque a veces la maldita cabrona nostalgia me caiga atrás como un asesino en serie, sé que ese pasado, esos juegos, esos amigos, esa historia me han hecho más fuerte. Y así, de esta manera, desde mis palabras, yo me uno a los versos de la gran Mercedes Sosa: “Gracias a la vida que me ha dado tanto”.

 

Comenta en Facebook
Artículo anteriorARAR LA SOMBRA  
Artículo siguienteTrilogía sucia de La Habana
He sido vagabunda de las dos orillas. Irreverente redomada. A ratos pacífica, dulce, a ratos ácida, fría, escéptica. Los libros salvaron mi vida. Vivo con Martí en mi bolsillo. Es por él que quiero cambiar mi Patria, y eso no es locura ni utopía: se llama justicia. Yo quiero lo justo y lo noble: lo esencial es invisible a los ojos.

Deja un comentario