Cuando estuve en mi pueblo, allá en Cuba, fui a poner flores sobre la tumba de mi madre. Ella era reacia a eso, pero nosotras –las cuatro- la desobedecemos cada vez que visitamos el pueblo. Y allá me fui, con un ramo de mariposas blancas para Luisa Rodríguez y Álvarez.

Si uno visita a sus muertos, invariablemente, sostiene raras conversaciones con ellos. Eso hice, y siempre es bueno, al menos para mí. Al salir del cementerio, vi una lápida con un nombre que me hizo volver atrás en el tiempo: a mis cinco años. Marta Graciela Cazorla Dávila, mi maestra de prescolar.

Maestra:

¿Cómo decirle todo esto después de tanto tiempo? ¿Será que ver su nombre en tan triste lugar, la deuda contraída con su recuerdo volvió a mí? De cualquier manera, yo quiero decirle… Estas palabras ya no las leerá, es obvio. Pero quizás sus hijos y sus nietos, sí la lean. Y con eso me basta, pues en cada uno de ellos usted habita.

Maestra, recuerdo el primer día de clases, cuando andábamos despachurrados de miedo porque nos tocaría el prescolar A, el de la terrible maestra Graciela. Qué poco sabíamos de gente terrible, maestra. Usted pronto nos enseñaría a diferenciar lo bueno de lo malo. Pronto entenderíamos que usted sería el ángel de la sabiduría para aquellos “locos bajitos” que la miraban asustados. Éramos como velas en un entierro. Nadie hablaba, éramos como conejitos directo al matadero de la mano de nuestros padres. Y usted les dijo que se fueran, que regresaran al mediodía, y nos quedamos solos con usted. Ahí comenzó nuestra historia.

Edelvis comenzó a llorar, y muchos hicieron pucheros. Usted lo llamó con semblante adusto y en susurrros le preguntó qué pasaba. Entonces se levantó tomándolo de la mano y lo llevó al baño. Nunca supimos qué había sucedido, pero Edelvis nunca más volvió a llorar, cada vez que tenía que ir al baño, la llamaba bajito. Ese día nos contó un cuento. El cuento de la nana de la cebolla. Lo recuerdo perfectamente. Todos la escuchamos embobabos hasta el final. Esa tarde ninguno quería irse de la escuela.

Usted, maestra, como todo lo que brilla, se nos fue demasiado pronto. En la madrugada de un día terrible algo explotó en un lugar de su cuerpo dejándola sin vida. Lo supe días después, cuando llegué de La Habana. Hubiera querido tanto decirle todo esto antes de irse, pero me engañó lo que engaña a todos: el tiempo. Siempre pensé que habría tiempo. Y fue precisamente el tiempo quien nos la escamoteó. A todos. A muchos. Dio clases a muchísimas generaciones de mocheros y creo que todos atesoramos nuestros momentos con usted. Entonces cómo no extrañarla, cómo no echarla de menos cada vez que asomamos nuestras cabezas de adultos en esa escuelita que nos vio crecer, y a la que muchos hoy llevan a sus niños.

Si le dijera que ese prescolar memorable donde todos fuimos protagonistas, se nos quedó grabado en la retina de nuestros ojos, ¿me creería? Pues sí, Maestra, sus huellas son demasiado indelebles como para que las borre el tiempo.

Al final del aula había un piano, creo que todos vivíamos enamorados de aquel desafinado armatoste. Recuerdo que una de las recompensas por haberse portado bien, era aporrear sin compasión a aquel instrumento. Y todos esperábamos el momento. Y usted siempre cumplía su promesa. Así supimos quién había sido el mejor niño del aula al final del día. Por allí pasamos todos. Así nos hizo saber que para usted todos éramos iguales.

Recuerdo la primera lección sobre racismo que nos dio. En nuestra aula había solo una niña negra y alguien la había molestado. Usted se bajó los espejuelos y con esa mirada capaz de paralizar hasta al “más pinto de la paloma”, nos dijo muy suavemente: “cada uno de nosotros tenemos corazón, hígado, riñones, neuronas, venas…es decir, que todos sin excepción de nadie somos iguales. No quiero volver oír hablar de colores. Aquí nadie es blanco ni negro, aquí todos nos miramos por dentro”. Nunca más se dio otro incidente. Crecimos juntos hasta el noveno grado y creo que ese mensaje lo absorbimos de tal manera que nadie tuvo que darnos arengas sobre las razas y el racismo. Así era usted, Maestra, así de simple. Así de justa.

¿Y aquella frase tan proverbial suya cada vez que nos echábamos a llorar por tonterías? “Gretther, no se llora por gusto, cuando vaya a llorar que sea por alguna desgracia mundial, si no el océano se queda sin agua”. Como por arte de magia el llanto paraba y el rostro suyo era todo un poema: una mezcla de dureza y ternura, un amasijo de picardía con seriedad.

Nos enseñó pacientemente cada habilidad a dominar, el rasgado, recortar, los colores primarios, las vocales. Pero sobre todo nos inculcó valores, de esos que luego andan contigo para siempre. Usted llegaba cada mañana con una rosa blanca y la ponía en un vaso sobre su mesa y luego, al empezar la clase, nos hacía recitar de memoria: “Cultivo una rosa blanca”, de nuestro Martí. Quizás por ello, aún mis amigos de prescolar siguen siendo mis amigos estén donde estén. Recuerdo que nos contaba la historia de Cuba como si fuera un cuento, y así aprendimos a querer a Maceo, a Gómez, a Martí y a Camilo. Eran las únicas fotos que tenía colgadas en las paredes de ladrillos rojos de aquel prescolar hermoso.

¿Maestra, cómo quiere que en unas líneas ponga todo lo bueno que aprendí de usted? Que no enseñó jamás con la memoria de un profesor sino con el alma de un evangelio vivo. No recordaré yo cómo nos enseñaba lo bello y bueno de la naturaleza, cómo nos hacía volar con la imaginación. Como tampoco olvido sus cejas enojadas cuando hacíamos alguna travesura. Usted nos inculcó que la verdad por delante era la vencedora. Se necesitaba ser fuego para comprender el fuego. Y eso hizo usted, nos habló de Martí y de Cuba con pasión, con ganas, con orgullo. Nos enseñó el decoro y la justicia con palabras simples. Y por eso la recuerdo siempre.

Luego crecimos y la vida nos regó por el mundo, pero cada vez que pasaba por su portal alto y adornado de magnolias, tenía que subir esos tres escalones para depositar en su frente el beso de agradecimiento por todo el tiempo que dedicó a mi infancia. Por cada beso que le daba, sentía que había envejecido y quería decirle todo esto que hoy escribo, pero usted siempre fue reacia a los elogios, educar era su deber más alto como repetía siempre, y las palabras siempre quedaban atoradas en mi garganta. Hoy vi su lápida, Maestra, y supe que no es lugar para usted ese hueco tan frío y oscuro. Su lugar está allá arriba, con las estrellas, seguramente enseñándolas a ser mejores. Gracias por todo, Maestra, a nombre de todos le doy las gracias.

 

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