Hoy quise escribir sobre Martí y me salieron dagas en forma de palabras. Hoy quise alcanzar a Martí con argumentos, líneas, oraciones, y dolía…duele. El pueblo cubano conmemora hoy el 164 aniversario del nacimiento del Apóstol de la Independencia cubana. Hombre que proporcionó la organización definitiva dentro del Ejército Libertador y eliminó en gran medida el caudillismo y el regionalismo, males de los que adolecían las tropas cubanas en la Guerra de los Diez Años.

Martí es nuestro indiscutible héroe nacional. Y aunque su lucha por Cuba fue inquebrantable, no solo se convirtió en paradigma para los cubanos, sino también en símbolo de lucha por las libertades de América Latina. Recuerden que su profundo americanismo le hizo escribir una vez en su descomunal ensayo “Nuestra América”: “De América soy hijo, a ella me debo”.

Hoy quiero recordar que miles de cubanos marcharon en la noche de ayer,  27 de enero, en un desfile que se conoce por la “Marcha de las Antorchas”. Hoy serán múltiples los homenajes fanfarriosos y acartonados que rendirán al Maestro. Podremos ver a jóvenes fumando mientras caminan con paso indolente, pequeños que lloran por el sueño que los aqueja, niños que ríen y que no saben por qué están en ese mejunje pero con candidez y alegría marchan de igual forma. Se ve caldosa, las insustituibles “cadenetas”, se ve “gozadera”, pero por sitio alguno asoma el verdadero respeto por alguien que elevó a Cuba al lugar más alto, porque siempre creyó que la “patria era ara, y no pedestal”.

Hombres y mujeres marchan hoy por todo el país homenajeando al héroe. Pero…siempre hay un pero, todo tiene un pero. ¿Conocen en realidad a Martí? ¿Saben de qué madera está hecho? ¿Lo verdadero y profundo que le ofreció a Cuba, su patria? No creo. Aseguro que no. Martí no es un verso dicho de memoria, ni las fotos que colgamos en las aulas. Ni las lecturas “extranjerizas de su vasta obra. Martí es fuerza, crisol, yunque, patria. Martí es Patria.

José Martí fue un hombre de pasiones elevadas, y la mayor de todas fue su amor por Cuba. Sacrificó todo lo que tenía y lo que no, para fundar un proyecto que barriera la esclavitud de los hombres, y diera soberanía e independencia plena a su país, el nuestro.

Despertó incomprensiones dentro del ejército. Muchos no estaban preparados para que un hombre de ademanes tranquilos, palabra fiera y visión de genio, les dijera qué era lo mejor y más necesario para la nación por la que luchaban a brazo partido. Sin embargo, a pesar de todo, esas diferencias fueron relegadas por los hombres de la lucha para unirse en una sola voz, y andar unidos, en fila cerrada.

Y ahora me detengo en uno de los escritos más claros y decorosos dentro de toda la obra martiana. La respuesta epistolar de José Martí al director del Evening Post cuando este ofende a los cubanos y los tilda de afeminados y perezosos. Lo que muchos conocemos por “Vindicación de Cuba” es la caracterización certera de los cubanos de los tiempos de Martí, es el profundo amor a sus compatriotas, y la fe absoluta en una estirpe que llevaría la libertad a su tierra más temprano que tarde.

Hoy este discurso toma aires oscuros, pocos lo leen, y aunque en las sesiones escolares de Reflexión y Debate que imparten profesores cansinos y ofuscados por las carencias, es obligatorio leer y analizar “in profundis” la famosa carta que se encuentra en el tomo III de los Cuadernos Martianos, apenas unos pocos desentrañan el enorme significado que encierran las palabras allí dichas.

Hoy las palabras del Maestro mueren en las bocas de quienes las repiten como papagayos o cacatúas. Las nuevas generaciones de cubanos no sienten ese sentimiento de pertenencia  y emoción que experimentan los norteamericanos por Lincoln o Martin Luther King. Hoy nuestro Martí agoniza en Santa Ifigenia, al compás de consignas y pancartas en su nombre. Nadie es más olvidado hoy entre la mayoría de cubanos que pueblan la Isla, como lo es José Julián Martí y Pérez.

La “belleza superficial” que seduce al turista, la engañifa de ver repetir los Versos Sencillos y las frases más cacareadas por los profesores de escuelas primarias, pueden conmover al turista que asegura que es mejor crecer repitiendo consignas del Maestro que ver vallas de la Coca Cola en las carreteras. Pero el que sabe de Martí, el que conoce la altura y valía del legado martiano, sabe que el héroe solo es recordado por las fotos en los libros de textos deshojados y maltrechos, que su ideario no enamora ni arenga a un pueblo dormido que jamás se detiene a leer en serio algo ínfimo de las Obras Completas, que centra la poca energía que posee en conseguir a como dé lugar un plato de comida para su mesa; que prefiere salir por millares al exilio porque ese amor, el que un Martí casi niño pone en boca de su Abdala: “El amor, madre, a la patria no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; es el odio invencible a quien la oprime, Es el rencor eterno a quien la ataca”, no palpita en el corazón de millares de cubanos.

Es por eso que hoy Martí duele. Duele aquí, en medio del pecho. ¿Qué diría hoy el Maestro si viera la indolencia que recorre a los insulares? La desidia y el avasallamiento se han adueñado de esa raza que él calificó de honesta, brava, emprendedora y fuerte. Lágrimas de dolor bajarían por sus mejillas al ver que la República que soñó, ideó y dejó plasmada en el Manifiesto de Montecristi, no está, que sus sueños y desvelos se malograron, se tergiversaron, y se volvieron humo.

El Apóstol pidió la unidad definitiva para alcanzar la libertad soñada. Hizo de esta máxima, su vida. No sigamos adormilados, marchemos a conquistar nuestros derechos. No se trata de señalar con un dedo acusador a culpables, se trata de unirnos todos. De aceptar lo que por tanto tiempo hemos hecho mal y comenzar a hacerlo bien. Es de la única manera en que -sin fanfarrias, ni falsas consignas- honraremos a nuestro Martí.

Y es que Martí no es de los que se quedaron, de los que hicieron una revolución y creyeron que por él la hacían. Ese hombre de frente amplia es de todos los cubanos, de todos. De los que nos fuimos, de los que nos equivocamos a diario, de los indolentes, de los peleoneros, de los callados, de los comunistas, de los liberales, de los demócratas, de los obreros, de los negociantes, de los intelectuales sin credo, y de quienes lo poseen, de los emos, de los rockeros y de los mickis, de los humoristas y los sarcásticos.

Entonces no nos queda otra que unirnos, a pesar de nuestras diferencias irreconciliables, de nuestras visiones diferentes, de nuestras reservas y resquemores, tenemos que unirnos en una sola voz como Maceo y Gómez se unieron a Martí, y rescatar a Cuba del hueco en el que yace para volver a darle  vida, fuerza y dignidad. No es con división que venceremos, “Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.

 

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