(para Luisa Rodríguez (Mimi), para Yohani Peraza, Anamaria Peraza, Tati, Nana… para las Mimis de mi vida.

Mi abuelo era descendiente de gallegos. Heredó su tozudez y el espíritu de trabajo, propio de esa estirpe. Se enamoró de una bella cubana, y ese amor tuvo su fruto: mi mamá. De ella nacimos nosotras: cuatro mujeres, herederas de su belleza y el mal genio ancestral de la raza gallega.

De mi madre aprendí mucho.Creo que me colgó un libro en la cuna al yo nacer, porque me decía que leer era la mejor fortuna.

 

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Entre caramelos, lecturas y frases ciertas, crecimos. Cantaba con esa voz grave, con ese acento que tanto la distinguía. Y las canciones que tarareaba trascendían las distancias y los miedos. Lo mismo daba una clase de psicología, te hacía una disertación sobre El Viejo y el Mar, que martillaba una puerta. Y de cinco libras de azúcar te hacía los caramelos de maní más ricos de la historia, o el helado más sabroso con un litro de leche mezclado con chocolate y vainilla. De todo sabía hacer esa mujer asombrosa. Con un carácter recio y unas maneras dulces, me educó mi madre. Y aunque muchas veces no le hice caso, creo que no lo hizo mal después de todo. No sé si he podido ser todo lo que ella soñó que yo fuera. Lo cierto es que mi madre fue mi primera escuela.

Puso raíz villaclareña en mí y en mis hermanas. Y en las alas de un papalote me llevó hasta el Caibarién querido. Me hizo querer en la distancia a mis tíos Juanga, Luis y Pedro. Y me transportó a los canalizos con tantas historias sobre sus primos y tíos pescadores. “Mi mamá tejió mis cuentos, le hizo sitio a la ternura, y me repletó de libros aquellas noches oscuras”. Ella pintó mi infancia con leyendas de la Luna. Ahora sé que pude viajar el mundo a través de los ojos de mi madre.

Artesana de mis alas. Contendiente en las peleas. La mujer laboriosa que me inició en los quehaceres domésticos, que me inculcó el amor por el trabajo y los principios que hoy poseo. No todo fue color de rosas, hubo disputas, incomprensiones, distancias, pero al final del sendero siempre estuvo ella para mí…para todas. Pudiera escribir páginas enteras hablando sobre mi madre; pero prefiero recordarla así…sencillamente, despojada de toda fanfarria. Así era ella: majestuosa en su humildad. La veo con un ramo de mariposas blancas adornando la sala de la casa, esperando a mis hermanas que llegaban un día como hoy entre risas y abrazos. Así quiero pensarla: riendo con mi papá como dos niños traviesos.

Su sonrisa desafiaba al trueno y al aguacero. Esos ojos tristes que reían cuando hablaba de Chaflán, y que se volvían más tristes cuando veían a un viejito sin techo. Esas manos que tenían el amor para cuidar animales, las que salvaron a Yuli (nuestro perro), las que nos dieron caricias en las noches de fiebres y catarros. Todo lo malo queda fuera de este recuerdo, porque la bondad, la ternura, la nobleza que poseía Mimi hoy llenan cada espacio vacío de esta tarde.

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