Apenas unas horas nos separan de una nueva etapa en la República de Ecuador. En breve, se anunciará el mandatario que regirá por un período de cuatro años los destinos de esta gran nación. Cualquiera que sea el ganador, tanto Guillermo Lasso como Lenín Moreno, sé que muchas personas querrían decirles esto de alguna manera. Y ya que vivo aquí, yo se los quiero decir.
En una República, el gobierno tiene dos funciones fundamentales y si no las cumple, ninguna otra funciona: proveer Seguridad y Justicia (jueces, cárceles, policías, jurados, juicios, castigos, condenas).

El gobierno debe garantizarles a todos los ciudadanos tres derechos:
1. Vida,
2. Propiedad Privada
3. Libertad.

Si se nos garantizan esos tres derechos, nosotros solos podremos adquirir la salud que deseemos, la educación que más nos plazca, la vestimenta que nos guste, el techo que más nos agrade, etc. Porque nadie va a poder matarnos, robarnos o quitarnos nuestra libertad. Para eso está el Estado: para vigilar, castigar y proteger. Un presidente, para gobernar satisfactoriamente, no debe olvidar estas premisas.

El país, para que avance en el renglón económico, debe liberar la economía de trabas, aislamiento y estatismo. Para que comercies con quien te dé la gana, el producto que te dé la gana y en el país que desees. Sin proteccionismos monopólicos. Sin trabas para unos, ni privilegios para otros. Libre del abuso de aranceles, mordidas y sobornos.

No se deben dejar a un lado los logros que pudo haber llevado a cabo un gobierno, pero eso no puede ser la causa para que un partido se perpetúe en el poder, para fanatizarse con líderes inexistentes. Y si no se olvidan las buenas obras, tampoco deben repetirse los errores cometidos.

Tenemos que entender que los presidentes son trabajadores públicos que cumplen una tarea determinada y cuando terminan su compromiso no deben aferrarse a los brazos de la silla presidencial, ni mucho menos hacerse adictos a las “mieles del poder”.

La perspectiva no debe perderse aunque en ocasiones nos cueste, porque al perderla no vemos con ojo crítico la verdadera situación política, social y económica en la que navega un país.

Yo vengo del país de los excesos, donde el fanatismo dio resultados nefastos y hoy recogemos los frutos, donde líderes mesiánicos tuercen el albedrío de cada uno de los habitantes que lo pueblan. Qué no sabré yo de totalitarismo, de “vamos a darles para luego quitarles”, del populismo en bandeja, donde el estado nos ha hecho inválidos y dependientes como tristes cocainómanos.

Es por ello que hoy me pronuncio, porque sé de lo que hablo y de lo que muchos callan u olvidan. Ustedes, herederos de Tsáchilas, de Quichuas, Panzaleos, de Puruhá, de Achuar, no permitan que nadie les nuble el juicio, que nadie con falsos espejismos los esclavicen como a sus antepasados. Ni gobiernos de derecha ni de izquierdas pueden venir a robarles el don más preciado mientras estamos vivos: la libertad de decir y pensar lo que se quiera.

No entiendo por qué pretenden muchos votantes, tanto de un bando como del otro, que el presidente les dará de comer o les garantizará un puesto vitalicio, que el señor electo multiplicará los bonos de comida como panes y peces. La pobreza es una circunstancia, no un estado perenne al cual deben resignarse los hombres. El quid de todo este asunto es aprender de una vez y por todas que no vale de nada que pongan el pescado en tu boca, sino que te enseñen a pescar para poder sustentarte para siempre.

No es que olvide que en el Ecuador existe pobreza. Y porque pienso en los pobres, defiendo lo básico y primordial: La VIDA sin la cual no hay nada, la Propiedad Privada a la que tiene derecho el que suda su trabajo y la Libertad; sin la cual la vida no tiene oportunidades de darse. No olvidemos que la pobreza mental es la madre de la pobreza material, no viceversa. Por eso creo en el empleo como el mejor programa social y no en el asistencialismo de un papá gobierno.

¿Habrá gente que no quiere salir de la pobreza? No lo creo. Pero sí creo que hay personas que no están dispuestas a hacer lo que se necesita para cambiar su actual condición estén donde estén. Y es por ello que quieren ver en un presidente la solución “divina” a todos sus males. Los que piensen así, andan errados.

No crean ni por un instante que el populismo es la solución para que Ecuador salga de la enorme deuda que en los últimos años se ha cuadriplicado. Creo que el socialismo del siglo XXI no es la cura para todos los males. Como tampoco lo será un banquero que piense en el capitalismo salvaje como vía para enriquecer y enriquecerse.

Ser consecuentes con la responsabilidad que les tocará asumir, respetar al pueblo como decisor de su destino, velar por que las leyes se cumplan, es el deber de todo buen mandatario, tanto de izquierda, centro o derecha.

Los ecuatorianos, y latinoamericanos en general, deben aprender a vivir en libertad. Y cuando digo libertad no me refiero sólo al fin de un sistema disfuncional, no. Debemos aprender a ser dueños de nosotros mismos para promover el cambio, a no esperar de un gobierno más de lo que le toca ofrecernos: garantía de Vida, Propiedad Privada y Libertad. Lo demás debemos hacerlo nosotros mismos.

El placer de vivir en una sociedad donde las oportunidades se brinden y tú seas el único responsable en aprovecharlas o no, donde el Estado no te diga qué hacer ni qué pensar, donde los escaños se suban por mérito propio y no por coartación, es la verdadera democracia, con sus imperfecciones pero la real. Ustedes, ecuatorianos, tienen ese poder en sus manos. No lo pierdan jamás, es su carta de triunfo.

Aprender a ser seres individuales, independientes, sin esa necesidad enfermiza de líderes mesiánicos es palabra de orden por estos días. No esperen que Moreno o Lasso solucionen sus vidas. No los vean como seres omnipresentes, véanlos como lo que son: funcionarios públicos al servicio del pueblo, al servicio de la sociedad. Y como tal exíjanles, al fin y al cabo ustedes y solo ustedes con el pago de sus impuestos, pagan sus salarios.

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