Leonardo Padura (La Habana, 1955) ha alcanzado notoriedad, sobre todo, por sus novelas de misterio protagonizadas por el detective Mario Conde. Pero no hay que olvidar que en su haber figura igualmente un título como La novela de mi vida, donde la figura central es un ser histórico: el poeta cubano José María Heredia. De estas dos vertientes -el gusto por la intriga y el relato sobre seres reales- deriva El hombre que amaba a los perros, cuya historia central recrea los preparativos y el asesinato en México del disidente Liev Trotski a manos del español Ramón Mercader, como final de una oscura trama urdida por el régimen de Stalin.

Se trata de algo que no sólo ha interesado a muchos historiadores -como acredita el incesante crecimiento de la bibliografía sobre el tema-, sino a escritores y novelistas (recuérdese a Jorge Semprún) y a cineastas (Assassination of Trotsky, de Joseph Losey, 1971). El motivo del exilio, que en La novela de mi vida afectaba no sólo al personaje de Fernando Ferry sino al propio Heredia -acogido durante un tiempo al asilo de México y autor de un conocido Himno del desterrado-, se reproduce ahora en los agitados años de Trotski, refugiado temporalmente en varios países -Turquía, Francia, Noruega- hasta acabar en México, gracias a la buena disposición del gobierno de Lázaro Cárdenas.

También los interrogantes y enigmas que el autor introducía en la historia de Heredia tienen su equivalencia en El hombre que amaba a los perros, con sus tenebrosas conspiraciones, los cambios de identidad de personajes como Kotov o el propio Mercader, las traiciones inesperadas, la incertidumbre ante el sentido y la orientación de muchas acciones.

En el plano de la realidad aún existen puntos oscuros en la historia de Mercader, pero en El hombre que amaba a los perros se desvanecen por completo. No hay que olvidar que nos encontramos ante una novela, y que la ficción, aun respetando los datos conocidos de la historia, tiene como misión enriquecerla con nuevos matices, convertir las figuras en personajes de compleja psicología, con sus inquietudes, sus pasiones y debilidades.

Aunque el cañamazo histórico se respete, la construcción novelesca lo desborda desde la concepción del relato, que es una variante del “manuscrito encontrado”: Daniel, un escritor cubano, da a conocer un manuscrito de su amigo Iván, ya fallecido, compuesto sobre el texto proporcionado por un anciano que responde al nombre supuesto de Jaime López acerca de las andanzas de Ramón Mercader. El texto resultante, con abundantísimas anotaciones de Iván, nacidas de sus consultas de libros de historia y de sus conversaciones con el tal López -en realidad, el catalán Mercader-, es el que el compilador ofrece a los lectores. Como en el Quijote, la narración viene a ser un tejido, una suma de testimonios, perspectivas y fuentes diversas, y hasta se juega con la noticia en el mismo libro de la obra que el autor está componiendo (p. 408).

El planteamiento narrativo permite a Padura ir alternando tres planos temáticos: por un lado, el de la accidentada peregrinación del fugitivo Trotski y sus familiares (donde tal vez hay una presencia excesiva de menudos datos históricos ya conocidos que desplazan la figura del personaje); por otro, el relativo a las maniobras preparatorias del espionaje soviético para culminar con la muerte del disidente las infinitas purgas ordenadas por Stalin; por último, la “novela de Iván Cárdenas”, el relato de la vida de un joven cubano que llega a conocer -sin saberlo- al Mercader anciano y, por su mediación, va descubriendo la perversión de la utopía comunista del genocida Stalin y entendiendo mejor su propia historia en la Cuba revolucionaria, hasta el punto de que el derrumbamiento del techo de su casa que ocasiona la muerte de Iván adquiere caracteres simbólicos. Los tres planos se hallan diferenciados también mediante las voces narrativas: la primera persona para el relato de Iván y la tercera para los otros.

Bastan muy breves apuntes, pues, para sugerir la complejidad de esta novela, no sólo por su minuciosa reconstrucción de las vicisitudes que acompañaron el exilio de Trotski o los tortuosos preparativos de una venganza especial que debía coronar la trágica odisea de las sangrientas purgas stalinianas, sino porque con el personaje de Iván, inicialmente sometido a la educación y las condiciones de vida del gobierno cubano, el autor ha erigido, en medio de las historias que se mezclan y entrecruzan, una conciencia moral que va creciendo y desarrollándose, con una serie de reflexiones sobre la libertad, o bien acerca del racismo, la opresión y el genocidio en que han desembocado algunos de los grandes mitos del XX.

El equilibrio entre estos motivos, la amplitud del desarrollo, la finura con que están trazados los perfiles psicológicos incluso de personajes secundarios, proporciona a la novela de Padura una densidad y una riqueza que pocas veces nos es dado hallar en una obra narrativa. Cualquiera de los núcleos temáticos podría ser objeto de una novela de desarrollo independiente, pero sobre todo la historia de Iván, que se desenvuelve con una pausada y exacta dosificación y proporciona al conjunto sus elementos de mayor hondura, constituye una muestra admirable de relato.

Conseguir estos efectos es sólo posible cuando se posee un lenguaje variado y preciso y un dominio de registros idiomáticos y de recursos como el estilo indirecto libre (léase la narración del alegato de Trotski ante la Comisión Dewey, p. 60), todo lo cual permite al autor abordar con naturalidad la transición continua desde los datos exteriores a los indicios psicológicos de estados de ánimo, desde la realidad histórica conocida a la creación novelesca libérrima. Novela excelente, rica en propuestas y sugerencias acerca de la condición humana y de nuestro mundo que van más allá de la pura historia narrada.

 

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