Hoy voy a hablarles de una obra maestra de todos los tiempos: El hombre ilustrado (1951). Nos encontramos con una antología de relatos autoconclusivos, si bien ahora no tenemos el leitmotiv de Marte (cuento del libro Crónicas Marcianas) como nexo común, aunque también aparezca en alguno de los cuentos. Aquí sencillamente leeremos historias de temáticas variadas, diferentes supuestos realmente imaginativos en los que se nos plantean unos cuantos “¿Y si…?”, llevando la especulación en algunos casos hasta las últimas consecuencias o en otros dejándola abierta. Siempre realizando el planteamiento más interesante e inteligente para dejar al lector con un rum-rum después de acabar el cuento que se quedará junto a él, orbitando en su consciente y su subconsciente, como si de un astronauta flotando en el vacío del espacio se tratara.

Veamos algunas de las cuestiones, y para ella hemos trasladar la anterior metáfora a la literalidad ¿Y si unos astronautas quedaran en efecto flotando en el espacio sin control ni esperanza? ¿Y si se alcanzara un sistema de realidad virtual con una línea tan delgada entre lo real y lo virtual que se convirtiera en intermitente? ¿Y si un androide (robot o marioneta) pudiera sustituirnos para facilitarnos el día a día? ¿Y si los históricamente oprimidos tuvieran la posibilidad de ser los opresores? ¿Y si se hundiera el mundo a nuestro alrededor? ¿Y si la memoria viva de los escritores más clásicos se refugiara en otro planeta, exiliada de la barbarie humana? Estas y muchas otras son las preguntas realizadas en la antología. Ocurrentes, complicadas y sugestivas, como pocas. Muchas de ellas sin respuesta, pero que merece la pena plantearse.

Pero no es este el secreto de la obra, o al menos no el único.
Ray Bradbury era uno de esos pocos escritores privilegiados que, estuviera escribiendo sobre lo que fuera, tenía la capacidad para cautivar al lector debido a la tremenda sensibilidad con que impregnaba sus palabras, lo que unido a sus brillantes ideas lo convertía en único. Así este puñado de relatos, no solamente es asombroso en su planteamiento y posee una gran calidad literaria, sino que además cala hondo.

En varias ocasiones a lo largo de El hombre ilustrado es fácil detenerse, echar el freno de mano tras leer uno de sus cuentos, y no pasar al siguiente, sino saborear el que se acaba de cerrar, pues pocas, muy pocas veces en nuestra vida leeremos por primera vez maravillas del calibre de Calidoscopio, La mezcladora de cemento, El cohete, o El hombre ilustrado que da nombre a la colección, solo por poner algunos ejemplos. Como dice el propio Bradbury en el prólogo, “metáforas a punto de explotar”.

 

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