Para dirigir, gobernar, legislar hacen falta “políticos”. No diré que buenos políticos porque soy del criterio de que no existen políticos buenos. Existen políticos hábiles, muy hábiles, o torpes y chapuceros. Pero la bondad no es una cualidad que puedan tener, simplemente porque en la política no hay espacio para un “político bueno”.

Pero a lo que iba: para gobernar se necesitan políticos. Y partidos, ideas y debate. Propuestas buenas o malas, según se dé el caso, y que las personas inmersas en ellas tengan la suficiente lucidez como para saber discernir qué sirve y qué no. Consensos dentro de las hecatombes. Neutralidad en medio de las bajas pasiones. Alguien tiene que ser capaz de sostener y asumir la responsabilidad que contrajeron en el instante que comenzaron a representar a un partido o gobierno.

Esa persona debe ser lo suficientemente cerebral para ver que la política sirve para definir cuál es el alcance de los asuntos públicos y los políticos para sustentar, debatir, promover las ideas sobre cómo organizamos, limitamos, reducimos el Estado; y cómo cumplirá sus tareas.

La democracia, con sus luces y sombras, requiere partidos políticos estables, sólidos, organizados, con cuadros formados y recorrido formativo. En un comienzo la espontaneidad es hermosa, pero ya cuando se ha transitado cierta distancia por ese sendero deben establecerse pautas y pensar que todo debe tener un objetivo concreto con metas más fiables.

Los cubanos, tan ajenos a vivir en democracia, temen actuar en democracia. Muchos que logran pasar el “telón de acero” pregonan vivir democráticamente, pero en su subconsciente añoran en secreto la llegada de un líder, un nuevo “mesías” que les diga qué hacer. Ese es nuestro error. Nuestro grandísimo error. No poner puntos sobre las íes, no dar el Portazo de Nora cuando lo lleva. A veces, sin darnos cuenta, los paternalismos nos hacen DECIR “Sí” calladamente ante desmadres que debemos parar con un golpe en la mesa.  No podemos seguir con el “arique” como los bueyes, debemos concientizar realmente qué es la democracia dentro de nosotros mismos para luego poder fundar y organizar un movimiento verdaderamente serio que sea afín con lo que queremos en el futuro de nuestra patria. Debemos aprender qué es un buen político y saber diferenciarlo de un líder y aún más, de un caudillo.

Los políticos son funcionarios públicos al servicio de los contribuyentes, y como tal deben actuar. Tomarle cariño a un político, a un dirigente, es contraproducente si queremos ser objetivos y lograr lo que queremos. Debemos entusiasmarnos con los proyectos, con las ideas que nacen, pero a los políticos les dejamos el trabajo de hacer cumplir lo que proyectamos y velar por ello.

Por supuesto que se cometerán errores, así funcionan las estructuras políticas en países cuyos sistemas son más estables. Nosotros debemos aprender de los mejores, comparar modelos y sopesar logros y fracasos, para donde ellos fallaron nosotros hacernos más fuertes.

La evidencia demuestra que hay correlación entre la estabilidad política en democracia, el crecimiento y mejora de las condiciones de vida de sus habitantes. Políticos de calidad producen políticas de calidad.

Esta breve intro, que suena a “lluvia sobre mojado”, es sin embargo, una revelación dentro de una sociedad sin política, políticos o partidos. El gobierno cubano devastó, mediante leyes y propaganda al más puro estilo Goebbelieno, todo vestigio de partidos políticos. Hasta dejar solo uno: el PCC. Durante décadas, el pueblo solo ha visto catarsis revolucionaria, propaganda demagógica, y doblez moral entre las filas dirigentes y las castas más humildes. No se conoce otra cosa. No saben diferenciar la democracia participativa de una trichomona.

De la oposición cubana tampoco el pueblo ha visto mucho. La mayoría se queda con la “verdad” gubernamental de que “son lacras, mercenarios al servicio del imperio”, y los que han querido ver más allá de esa verdad, han salido defraudados porque de una forma u otra la disidencia cubana se las arregla para destrozar sueños y esperanzas que se ponen en sus manos. No muy distintos del gobierno al que tanto denigran.

Entonces la línea de confiabilidad se hace delgada y casi invisible para aquellos que andan escépticos o apáticos. Y sale a colación la coletilla: “para qué meternos si aquí no cambia nada. Todo el mundo está pa´ raspar billete”. Cuando de un lado o del otro te quiebran la fe, es muy difícil recomponer esa confianza.

Medios de prensa, artistas e intelectuales sumaron con sus generalizaciones al acribillamiento de la política. Entonces el escenario se plagó de muchos espontáneos sin ideas, sin nociones de lo público, sin contenidos, que empujados por el “poder resolver un carrito y par de pollos”, asumen cargos burocráticos donde no solucionan nada.

De la otra orilla no es muy diferente. Los opositores cubanos, en su mayoría,  arman fugaces estructuras puramente panfletarias para atar lazos y estrechar manos que en el futuro podrían ser muy útiles. Los antiguos caudillos, son reemplazados por nuevos caudillitos. Reinitas candidatas. Farándula se combina con política hoy en Cuba donde nunca pasa nada.

A ver si me explico, cubanos. El cambio está en nosotros mismos. Nadie lo hará si no somos capaces de exigirlo. Esperar a que un 2018 resuelva nuestros problemas y haga cambiar las cosas, es un juego de niños. En el 2018 no hará más que empezar, lo bueno de la película viene después. No esperen a que un Díaz-Canel o un León de Palmarito vengan a mejorar nuestras vidas. Falta un largo trecho, amigos, y mientras creamos que un líder nos mostrará la luz al final del túnel, estamos jodidos. Literalmente jodidos.

Aprendan a que los políticos son eso: políticos. Son como niños que juegan con los hilos de una marioneta. Se les deja jugar pero no se les quita el ojo de encima porque si no, la cagan.

En lo cotidiano, la política es un juego de intereses. Del lado del gobierno del señor Raúl, la defensa irracional, la obcecación mental. Del lado de la oposición, el efectismo y sensacionalismo. La misma defensa irracional sin antes recurrir a la seriedad y la ética.  Hacen que a partir de las diferentes situaciones que promueven, mediante el escándalo, se construyan identidades.

¿Dentro de la oposición cubana se lucha por Cuba? Pues no lo dudo. Pero no se propone, no se discute ni siquiera en el interior de los llamados movimientos  políticos o activistas, propuestas para reconstruir instituciones y hacer llegar la democracia, recomponer la economía y el modelo económico que sostenga el crecimiento y la generación de empleo, que gracias a  la irresponsabilidad de un gobierno inepto, es un cáncer hoy para nuestro país.  Ni sobre la estructura del gasto estatal o sobre educación. No se centran en proyectar seguridad y revertir las ayudas de ONG en ayudas para el pueblo. Ayudar al vecino, al de la esquina, al del pueblo de al lado. Simplemente ayudar para que las personas vean que lo que pugna por sentarse en la silla presidencial bien vale la pena.

Los atracos del gobierno cubano y el cinismo de sus militantes no solo arrasan con referentes de ética política, sino que ha trastrocado la naturaleza de una oposición que contradiga, debata, movilice y proponga. La oposición, reducida a vídeos en las redes sociales y fotos de maltrato por parte de fuerzas represivas, en medio de una liviandad que espanta, salvo excepciones, pugna por protagonismo para sus noveles protagonistas. No hay articulación. No hay estrategia. Hay francotiradores sin precedencia en la militancia, buscando cómo ascender escaños.

La disidencia no acaba de centrar todos sus esfuerzos en recuperar equilibrios democráticos y republicanos, y sepultar las espúreas normas que legalizan el caudillismo. Y los individuos tanto dentro de ella como fuera no acaban de ver la diferencia abismal entre un caudillo y un político hábil. Y en lugar de auditar y señalar lo mal hecho, aplauden discursos y apañan errores.

Política es ciencia. Experiencia de vida. No es la saga de Piratas del Caribe. No podemos perder el tiempo en improvisaciones fatuas. Reconstruir un país desde cero, con el daño antropológico acumulado, es tarea de personas confiables, hábiles, cerebrales y muy inteligentes, no de líderes paganos que con palabras ardientes encienden el corazón de las núbiles doncellas. Rehacer un país necesita plan de acción con objetivos mediatos e inmediatos, no una carrera para visualizarse de cara al futuro. No es un trampolín para caer en lo más alto. Tampoco una carrera de ratas a ver quién se lleva el trozo de pastel más grande. Lo que necesitamos para vivir en democracia es individualismo, no una marea de masas arengando enloquecida a un mesías. Si no acabamos de comprender esta madeja de hilo, este meollo del arroz con pollo, estaremos condenados a vivir perennemente dentro de autoritarismos populistas.

Comenta en Facebook
Artículo anteriorEl Hambre
Artículo siguienteCartas cruzadas
He sido vagabunda de las dos orillas. Irreverente redomada. A ratos pacífica, dulce, a ratos ácida, fría, escéptica. Los libros salvaron mi vida. Vivo con Martí en mi bolsillo. Es por él que quiero cambiar mi Patria, y eso no es locura ni utopía: se llama justicia. Yo quiero lo justo y lo noble: lo esencial es invisible a los ojos.

Deja un comentario