Su físico era extraordinario como su mundo literario, porque Julio Cortázar era lo que se dice raro, con un cuerpo filiforme e interminable, provisto de accidentados saledizos: esos brazos que revoloteaban en su camino tronco abajo, esas piernas de arácnido que nunca acababan de plegarse, esos tobillos picudos y lamentables que se empeñaban en destacar por debajo de un pantalón definitivamente corto. Corría el mes de febrero de 1982, y el escritor estaba en Madrid con Carol, su mujer, para presentar un último libro de cuentos, “Queremos tanto a Glenda”.

Cortázar cruzó el restaurante en el que habíamos quedado con un desencuaderne acompasado, y se desplomó en cámara lenta en una silla, doblando las piernas con la misma parsimonia con que se iza un puente levadizo, mientras sus rodillas subían y subían hasta hacerse omnipresentes. Una vez conquistado el asiento, el hombre rebulló un instante, afinando su acomodo. Después abrió sus ojos verdes, pestañeó, sonrió complacido y rugió un poco. Y en ese momento le reconocí, comprendí que Cortázar era el ogro de mis cuentos infantiles, un ogro descabellado y bondadoso que fumaba puros y hablaba con frenillo, atracando sus erres en un rugido sin lugar a dudas amistoso.

El escritor tenía entonces 66 años, pero no los representaba en absoluto. En realidad no parecía tener ninguna edad, porque los personajes fantásticos poseen una cronología diferente. “Yo me siento extremadamente joven y con la intención de vivir lo más posible”, me decía el ogro Cortázar contemplando amorosamente a su princesa Carol, rubia, joven y guapa, como corresponde a las heroínas de los cuentos, la bella de esa entrañable bestia.

Pero también los seres de ficción son acosados por el tiempo, y a los escasos meses de aquella entrevista, Carol falleció fulminantemente de leucemia, y al poco, el 12 de febrero de 1984, le siguió a la tumba su desolado y formidable monstruo, tras rendir a su princesa el supremo homenaje de elegir la misma enfermedad y la misma muerte.

“Hay una cosa que no me preocupa del futuro”, dijo Cortázar en aquella entrevista, cuando el cuento de hadas duraba y estaban los dos muy vivos y felices: “Y es la noción de la supervivencia literaria, el prestigio, la fama, lo que yo seré dentro de 20 años. Con la aceleración histórica que estamos viviendo, ninguno será nada dentro de 20 años […]. Yo me pregunto cuál será el destino del libro; dudo que sea algo más que un inmenso archivo de microfilmes para los historiadores. Y anda tú a leer “Rayuela” en microfilme: ¿a quién le va a importar?”. Y sonrió, cansado y descomunal, con su cara de ogro plácido y decente.

Comenta en Facebook
Artículo anteriorY El Portazo sonó como un signo de interrogación…
Artículo siguienteElecciones en Ecuador. Primero, lo primero
Rosa Montero Gayo (Madrid, 3 de enero de 1951) es una periodista y escritora española. Desde finales de 1976 trabaja de manera exclusiva para el diario El País, en el que fue redactora jefa del suplemento dominical entre 1980 y 1981. Su primer libro de ficción, la novela Crónica del desamor, apareció en 1979. En los años posteriores ha publicado una docena de ellas, además de relatos y obras dirigidas a los niños. La hija del caníbal (1997) fue llevada al cine con el mismo nombre por el mexicano Antonio Serrano. Su obra, tanto de periodista como de narradora, ha merecido premios importantes, nacionales y extranjeros. Ha sido traducida a una veintena de idiomas.

Deja un comentario