Esto le dijo Goethe al amor de su vida: “No puedo evitar amarte más de lo que es bueno para mí. Me sentiré feliz hasta que te vea otra vez. Siempre soy consciente de mi cercanía a ti, tu presencia nunca me deja. Adiós a ti, a quien amo mil veces”.

Yo quisiera poder escribirte lo mismo. Yo quisiera de verdad poder decir que amarte es bueno para mí. Pero quien ha sido un cobarde para tener a tanta mujer entre sus brazos no puede decir que ame. Quizás nunca te he amado. Cierto. Pero este dolor en el pecho cuando siento tu colonia en el cabello de mi hijo, ese regocijo que me ataca cuando veo el río…tu río. Esas ganas enormes de subir por toda la rue Rivoli y reír a tu lado, despertar en la noche y verte mirando mis ojos, de sentir tu susurro, mientras repites mi nombre una y otra vez.

Esos deseos irreprimibles de llorar cuando supe que te habías ido para siempre, ¿qué es todo eso sino amor? Yo creo que nunca aprenderé a amar, toda mi fe para hacerlo se fue contigo, ese día en que fui un cabrón y te di mi noticia…esa noticia que puso tus ojos acuosos y unas manos temblorosas.

Sé que no estoy en ti, que otro hombre te guarda, que un gigante bueno te cuida. Pero cuando escucho en mi cabeza tu risa, esa risa memorable que me estremecía por dentro, siento que estoy vivo. Solo tú y mi enano logran hacerme sentir vivo. ¿Por qué no pude con tanto? ¿Por qué tú allá tan lejos, tan fría y yo aquí con todos mis miedos metidos en un zapato? ¿Por qué no pude retenerte? Esas preguntas son mi castigo…el castigo que me vaticinaste toda calmada y dura mientras nos tomábamos el último café.

“No tienes cojones”, dijiste. Y yo solo pude mirarte con la respiración detenida. Luego te levantaste y te largaste sin suspirar, sin un sollozo. Recordé a tu mamá cuando decía que eras de sangre caucásica caída por error en este sitio. Y pasaron meses y te di la otra noticia. Y volví a apuñalarte, esta vez de muerte. Y tú solo me brindaste tu amistad, tu entereza, tu bondad para con mi hijo.

Ahí conocí de la madera de la que estabas hecha. También supe que te había perdido para siempre. Nunca más volviste a permitir que me acercara. Nunca más. Luego te fuiste. Y yo que me pregunto cada día por qué carajo fui tan pendejo. Y tú que sigues aquí, allí, allá, omnipresente, toda tú, como la primera vez que te vi, con aquel vestido raro y esos ojos inmensos.

 

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