Puede ser que para ti sea una imprudencia esta misiva, pues estás acostumbrada a llenarte de asombro por todo lo que hubo entre nosotros. Tal vez porque te hice creer que era el crimen más grande el amarnos. Sin embargo, nada más justo, natural y necesario para nuestras vidas. Tú estabas en mi camino como piedra dura, y yo era el mar, Amelia, tu mar… Y nos amamos. Tú con todo, yo con poco y con tanto, pero no lo suficiente para retenerte.

 

Tu figura no se me borra, toda bella, suave, dura, tan mujer. Eres el recuerdo vivo de mi cobardía.

 

Todavía te veo en Montparnasse, más lejana que nunca pero pegada a mí, abrazándome, diciéndome que eras feliz, que al fin eras feliz. Y yo me sentí mezquino, pequeño. Y yo creí que regresabas a mí, quise creerlo. Y no permitiste ni que te besara porque le eres fiel a un hombre que te salvó de mí, y yo sentí orgullo y dolor…porque jamás creí que podrías ser leal a alguien que no fuera yo. Y aquella tarde me lo demostraste, que podías serlo.

 

Tus palabras no se me van de la cabeza, cuando no pude enfrentar tu cuerpo, ni a ti misma por tu grandeza. Me dijiste que me dolería al pasar de los años, que me revolcaría en la santa mierda de un matrimonio sin amor…y es así… estoy muerto en vida, A.

 

He pensado con demasiado dolor durante estos días, en ese encuentro, el último quizás. Ese cementerio fue el lugar idóneo para un amor que ya es cadáver. Estás lejos, con gente que te ama, lejos de mí como tantas veces me suplicaste con lágrimas en los ojos. Quiero que sepas que hoy mi dolor es mayor que el tuyo. Yo te perdí. Tú seguiste tu vida. Me querías en ella y yo me eché a correr.

 

Te quiero, serio,  tempestuosamente. Como algo definitivo. Recuerdo que me decías que me querías así. Y yo te creí pero tanto amor me paralizaba, me hundía. Yo, acostumbrado, a la mansedumbre de Rosa no podía lidiar con ese fuego y tanta ternura que tenías para darme.

 

Voy a Montparnasse cada tarde, me siento en la piedra donde nos abrazamos la primera y esta última vez que volviste a Cuba. Volteo a mirar la tumba de Baudelaire y siento que soy ese albatroz moribundo que no puede volar. Creo que de ese modo alivio mi culpa y este remordimiento que me agobia.

 

Te escribo para decirte que tu maldición se ha cumplido. Soy un despojo humano, soy infeliz, soy cobarde, soy un cero. Estoy con una mujer que no soporto porque no tuve cojones para estar con el amor de mi vida. Sé que por mí pusiste tu vida a mis pies. Hoy yo pongo la mía. Que sepas que sé que no tengo esperanza alguna, solo quiero decirte que te sigo queriendo…aunque pasen dos vidas creo que te amaré.

 

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