Cuando era pequeña, de camino a la escuela donde mi padre era director, había un busto de Martí en el que yo me detenía invariablemente para darle un beso. Mi papá me hablaba de él, me decía de lo bueno que era, de la grandeza de sus palabras. Como saben, todos los niños ven el mundo como a través del ojo de una cerradura. Así lo veía yo. Tal vez por eso, cuando mi papá, pequeño, inquieto, de frente amplia y ojos limpios me contaba de Martí, yo creía firmemente que me hablaba de sí mismo. Por eso a muchos de mis amigos les decía en ese preescolar tumultuoso de la Maestra Graciela, que el hombre blanco del busto era mi papá.

Fue mi mamá la que se encargó de ordenarme las ideas, de explicarme que a pesar del parecido, mi papá y Martí no eran la misma persona. Que mi papá aprendía de las palabras del apóstol pero que este había vivido hacía mucho tiempo atrás, en una época distinta a la de mi padre. Esa fue mi primera “vivencia martiana”: saber que Mi papá no era Martí, ni viceversa.

Luego, cuando ya contaba los nueve años, descubrí la biblioteca de mi escuela primaria, donde una menuda Zoilita (la bibliotecaria) puso en mis manos La Edad de Oro. Aunque había ideas que escapaban a mi entendimiento, lo leí a gusto. Disfruté sobre todo, los cuentos traducidos por Martí.

Mi adolescencia fue rara, feliz pero rara. Puse en cuestionamiento todo, y a todos. Y uno de los que cayó en este “saco” de juzgamientos, fue José Julián Martí Pérez, el mismo que viste y calza. Recuerdo que todo empezó por los carteles que veía por todos lados con frases martianas hechas consignas. Aquello me chocaba, me hastiaba, me revolvía. Me preguntaba cómo había podido ese hombre, que murió a los 42 años, haber escrito sobre todo lo inimaginable y posible. Eso me enojaba, me parecía que Martí era un embustero, un fanfarrón. ¡Qué insolencia la mía! Cuán errada estaba. Sin embargo, esta idea persistió durante mucho tiempo.

Mi papá intentaba explicarme el porqué de los carteles, de las consignas, de las constantes citas, y yo me volvía más reacia al pensamiento martiano. Mientras más me hablaban de Martí, más desconfiaba, menos creía.

Y pasó el tiempo, y pasó un águila por el mar…

Así anduve por mi vida. Leí a Dostoieksky, a Umbral, al Dalai Lama, a Gabriel García Márquez, Roberto Bolaños, a Cirilo Villaverde, Carpentier, a Reynaldo Arenas, a los poetas malditos, a Howard P. Lovecraft, a Emerson, y a otros de cuyos nombres no quiero acordarme. Cada uno de ellos me templó el carácter, definieron mis gustos estéticos.

Me volví una muchachita extraña, la que leía todo lo que cayera en sus manos, la “polilla” como me llamaron muchos de mis más cercanos compañeros. Pero negaba a Martí, no quería saber de nada del tema. Era como si entre él y yo se hubiese producido una ruptura irreconciliable, donde yo me abstenía a negociar. La ignorancia, la reina de las peores cegueras, me nublaba la vista. Pero qué podía hacer, en esa época era una adolescente tonta e irreverente que era la “contra” personificada.

Y entré a la universidad, a estudiar Español y Literatura. Era puros cincos. Estaba en cuanto concurso se perdía. Todo iba bien. Seguía leyendo a “gente rara”. Mis escritores de cabecera eran Cortázar, Borges y Gabriel García Márquez. Me creía “la bestiecita”, desandando el camino para encontrar la verdad absoluta. Y llegó mi trabajo de curso, mi futura tesis. Ahí conocí a una persona especial, a mi tutora, la señorita Dianelys Darna.

Llegué a su oficina recomendada no recuerdo por quién. Sus primeras palabras luego de que le explicara todo, fueron: “perfecto, haremos la tesis de Martí, y de la presencia de sentimientos estéticos en su obra”. Fue como si me echaran un cubo de agua fría por encima. Me le quedé mirando fijo. Quería decir que no, que eso sí que no, que Martí no. Pero cómo iba a decirle a una de las mejores tutoras de toda aquella universidad que no iba a trabajar con ella por culpa de Martí. Así que tomé la decisión en fracciones de segundos: haría mi tesis bien martiana, me “sacrificaría”. Todo por coger un flamante cinco. Sé que cuando Dianelys lea esta crónica, me odiará, pero si llega hasta el final prometo resarcirla…jejeejejej.

Puso en mis manos manuales de Ética, de Estética, tomos interminables de la Obras Completas de Martí, los famosos Cuadernos Martianos que tanto aborrecía, revistas con artículos sobre el Apóstol, y varias tesis de Elvis Escribano, uno de los estudiosos sobre la obra martiana más impresionante que luego tuve la suerte de conocer. Llegué a mi casa hecha polvo. El refrán aquel “quien no quiere caldo se le dan tres tazas”, me venía como anillo al dedo. Tenía que leer a José Martí, el de los carteles y las consignas. Yo no sabía lo que me esperaba. Mi vida estaba a punto de revolverse, se me movería el piso irremediablemente.

Esa noche tomé en mis manos el Epistolario Martiano y como si de hacerme un harakiri se tratara, me dispuse a leerlo. Nunca voy a olvidar la primera carta que leí, ni lo que decía.

Era una epístola a María Mantilla: “…pasa callada por entre la gente vanidosa. Tu alma es tu seda. Envuelve a tu madre, y mímala, porque es grande honor haber venido de esa mujer al mundo. Que cuando mires dentro de ti, y de lo que haces, te encuentres como la tierra por la mañana, bañada de luz. Siéntete limpia y ligera, como la luz. Deja a otras el mundo frívolo: tú vales más. Sonríe, y pasa…”

Recuerdo que comencé a leer con recelo, predispuesta a que no me gustara. El peso de una realidad abrumadora destrozó mi mundo, ese superficial mundo que yo había construido a base de literatura foránea y casera, pero que siempre renegó de Martí. Me adentré en sus palabras. Sin darme cuenta me las bebía, las devoraba. Tanta lucidez y perfección, tanto amor derramado hacia el prójimo y su Patria, fueron las pruebas definitivas de lo equivocada que había andado todo ese tiempo sosteniendo que Martí no había podido escribir de todas las cosas. No fue que escribió sobre todo, sino que todo sobre lo que escribió fue fundamentado y de una genialidad visionaria sin límites. Me cerró la boca en un punto.

Odié a quienes lo habían estereotipado, a los que habían hecho de la Edad de Oro -esa invaluable lectura- un plato de arroz con frijoles (la comida diaria del cubano), que de tanto repetirla, llega a aburrir. Detesté a los que desvirtuaban en su totalidad la obra martiana con seguidillas y “coritos” de contén.

Aquella noche, en el silencio de mi cuarto, me acerqué verdaderamente después de mucho tiempo, al Martí que mi padre me había presentado cuando era sólo una enana malcriada que le daba besos al señor blanco de la frente amplia.

Luego vino todo lo demás. Noches enteras leyéndolo, descubriéndolo. Hubo lágrimas y reproches tardíos por no haber hecho caso a mi mamá que lo adoraba, por no escuchar las razones de mi padre al intentar revindicarlo. Por él me volví sencilla, más humilde, receptiva y paciente. Comprendí que era una “burra” a la que le faltaba mucho trillo por recorrer. Y decidí conocerlo a fondo y para siempre.

Nadie imagina, hoy por hoy, cuánto agradezco aquel día funesto en una oficina del ISP Juan Marinello, de Matanzas, con mi tutora y sus libros.

Comenzó una fiebre incontrolable por saber del niño que lloró por un esclavo, del joven que escribió desde las canteras de San Lázaro un testimonio desgarrador que aprieta el pecho de quien lo lee. Me dispuse a desnudar al hijo amantísimo, al  esposo, al caballero, al hombre de excelente gustos y amplios conocimientos, al esposo, al padre, al patriota, al ideólogo. Quería conocer de qué madera estaba hecho ese genio que muchos llaman Apóstol, y que yo simplemente comencé a nombrar Mi viejo Martí.

Así llegó mi amor por José Julián Martí y Pérez. Luego de un “odio” tenaz, y un rechazo reconcentrado, conocí en toda su magnitud al hombre, al verdadero. No pude dejar de amarlo. Mi amor por él es de esos amores que duran para siempre, los de toda la vida. Hice mi tesis martiana, pero ya no para alcanzar un “flamante cinco”, ahora exponía mi trabajo de años con un profundo sentimiento de lealtad y cariño.

Desde entonces cambié. Mi vida dio un giro de 180 grados cuando conocí a Martí, al hombre, al genio, al verdadero. Libre de estereotipos, de desfiles hipócritas, de discursos vacíos en su nombre, de toda fanfarria, surgió ante mí una figura que cobró vital importancia para siempre.

A Martí, al verdadero, muy pocos lo conocen en Cuba. Todos saben que nació en la Calle de Paula, que su maestro fue Rafael María de Mendive y su mejor amigo Fermín Valdés Domínguez, que era honesto, valiente, sencillo, que escribió La Edad de Oro, que luchó por la libertad de Cuba, que murió en Dos Ríos y que es el héroe nacional. Pero son muy pocos los que logran romper esa figura de hielo y palpar la grandeza del Maestro. Es una verdadera pena.

Es lamentable que, por imponernos un ídolo de altar, nos priven del enorme gozo que es conocer al hombre, al genio, al genuino José Martí. Con sus luces y sus sombras, con su visión del futuro, sin tergiversaciones de la historia y mucho menos de sus palabras. Agradezco los caminos indescifrables del destino, a Dianelys Darna, al viejo Cintio, y al propio Martí,  por haberlo conocido.

Mis días se hicieron más venturosos con la lectura de la obra martiana. Crecí. Mi lealtad, mi compromiso ineludible con mi patria y mis enormes deseos de un mundo mejor, se las debo a Martí, ni más ni menos. El Martí que yo conocí cuando sólo era una enana malcriada de siete años, y del que luego me alejé, volvía a mí aquella noche del caldo y las tres tazas. Debo confesar que no he dejado de tomar “ese caldo” jamás. Y en mis horas más duras, El Martí que yo conozco anda conmigo, me consuela. Aquí lo llevo, a mi vera, para que no me falte nunca su pensamiento profundo ni su fuerza arrolladora.

Ahora mi niño sabe de un hombre muy bueno, que escribió sobre Bebé y Leonor, que tuvo el súper poder de unir a hombres valientes para liberar al sol de nuestra Patria, y que dejó palabras que si se leen bien pueden descubrir el camino a un tesoro. Lo conoce y lo ama como a alguien cercano. Lo bajé del “altar fanfarrioso” donde lo ponen en Cuba, y se lo puse a los pies de su cama para que lo cuide y lo proteja siempre.

No quiero que una adolescencia rebelde, ni imposiciones absurdas lo divorcien de su Martí. Él también tiene uno, habla de él mientras se baña, cuando ve a un anciano por la calle que se le parece, o cuando le enseño las fotos de Pipi, su abuelo. Y  cuando está acostado en su cama me dice:

-Mamita, cuéntame la historia del señor bueno de frente blanca.

-¿Qué cuento es ese?-le digo haciéndome la que no sé de qué habla.

-Sí, mamita, el señor bueno de la frente amplia, al que  le dicen “Apóstol”.

Y viendo que me hago la desentendida me apura:

-¡Sí, mamá! ¡Martí, el viejito bueno con la frente blanca!

Y yo, simplemente, sonrío…

 

 

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